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Libros y Otras Cosas
David Huerta
04 de enero de 2006

Motivos de loa

Además del cuarto centenario de la aparición de la primera parte de El Quijote , hubo en 2005 -como siempre, claro está- otros aniversarios literarios de cierta importancia; entre ellos, los 30 años de la muerte de Saint-John Perse, poeta francés nacido en las Antillas en 1887.

Hijo de una familia colonial, el poeta supo celebrar en versos imborrables las imágenes de esas islas, pertenecientes a un archipiélago comparable al homérico en el Mediterráneo, por su proyección poética, pero geográficamente mucho más vasto. En Perse siempre hubo algo del naturalista y del aventurero. En su biografía consta un hecho curioso: la aversión que sentía por los libros, reverso de su vitalismo suntuoso, que tan exacta expresión alcanzó en su poesía, llena de maravillas y "motivos de loa".

Perse no se llamaba así, por supuesto. Acuñó ese llamativo seudónimo para encubrir su actividad como diplomático; su nombre real o, mejor dicho, civil, era Alexis Saint-Léger Léger. En 1960 le dieron el Premio Nobel de Literatura, pero mucho antes de eso la comunidad literaria europea ya había reconocido en él a un gran poeta. Entre sus admiradores y comentaristas de la más antigua generación "persiana" se cuentan T. S. Eliot, Giuseppe Ungaretti, Valéry Larbaud y Hugo von Hofmannsthal; en la siguiente generación, destaca el nombre de otro antillano, poeta de lengua inglesa: el santalucí Derek Walcott, y el del poeta veracruzano José Luis Rivas.

Saint-John Perse tuvo en español un traductor excepcional en el colombiano Jorge Zalamea: en los años 60 leímos sus versiones en las inolvidables ediciones argentinas de Fabril. Hubo otros traductores, claro; entre ellos, y de los primeros en el mundo en cualquier idioma, el mexicano Octavio G. Barreda.

Un número reciente, el 90, de la revista Biblioteca de México está dedicado en parte a Perse, y contiene fotografías notables, que sus admiradores nunca habíamos visto, además de otros materiales conocidos. En una de ellas, el poeta antillano aparece, como se lee al pie de la imagen, con un insecto llamado Mantis religiosa, designación del buen latín de las taxonomías; en México lo conocemos como "campamocha".

Hace algunos años, cuando José Luis Rivas y yo conversamos con Derek Walcott en la ciudad de Guadalajara, salió a relucir la poesía de Saint-John Perse. Walcott declaró su admiración por su obra pero confesó que en algún momento de su juventud aquellos versos y parrafadas interminables le parecieron too much. Walcott levantó las cejas y nosotros -Rivas y yo, quiero decir- nos permitimos disentir en silencio. (Rivas es uno de los traductores modernos de Perse.)

Claro, Derek Walcott tenía razón: la poesía persiana es excesiva, desbordante; puede cansar o abrumar. Pero no importa: es una de las lecciones de belleza verbal más perdurables que el siglo XX, tan lleno de miserias y atrocidades, fue capaz de legar a las edades.

* Escritor


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La columna de David Huerta se ocupa de diversos temas de la cultura contemporánea y no tan contemporánea; el apartado "otras cosas" del nombre del espacio, le permite a Huerta --poeta y comentarista político-- hablar lo mismo de música, que de pintura y vida cotidiana. El también escritor ha publicado más de 10 libros de poesía y es un apasionado lector de los autores del Siglo de Oro español.
 
 

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