|
Recuerdos de infancia Cuando éramos niños y llegaba la Navidad mis hermanos y yo nunca recibimos regalos. Tampoco se acostumbró instalar en la casa un árbol navideño. Los días decembrinos eran de recogimiento y asistíamos a diario a la iglesia más cercana para rezar rosarios. De esta manera celebrábamos el nacimiento del hijo de Dios. El otro día, Beatriz del Carmen y yo visitamos a mi hermano Alberto y pasamos unas horas muy agradables recordando aquellos tiempos de nuestra infancia. Nuetra única diversión era caminar por el Centro y detenernos en las jugueterías, en compañía de nuestra madre, y ver los juguetes que estaban destinados para los hijos de familias pudientes. La tienda preferida era la llamada Jonuco, cuyos propietarios eran japoneses. Lo que sí nos estaba permitido era tomar un refresco acompañado de unas mediasnoches, en una refresquería llamada Sidralí. A pesar de nuestras carencias éramos felices y esperábamos con impaciencia que llegara el 6 de enero porque los Santos Reyes eran más generosos. En nuestros zapatos que colocábamos cerca de la ventana, aparecían los regalos que nunca eran los que habíamos pedido. En nuestras cartas pedíamos algunos de los juguetes que habíamos visto en los aparadores de la Jonuco. En vez de éstos nos dejaban ropas abrigadoras para resistir el frío invernal. A veces nos dejaban unas bolsitas que contenían unos dulces deliciosos llamados "suspiros" que vendían en las calles unas niñas indígenas vestidas de holandesas. Vacaciones nunca tuvimos, pero en cambio nuestra mamá nos llevaba por la mañana a Chapultepec donde nos divertíamos mucho. Como los tres éramos niños muy bonitos, siempre éramos objeto de elogios y mimos por parte de las señoras que paseaban con sus hijos... no tan bellos. Mi madre, que era una santa, se enorgullecía de esas muestras de admiración. Mi esposa Beatriz del Carmen llevó ese día que visitamos a mi hermano una grabadora para dejar registradas las evocaciones que hicimos Alberto y yo de aquellos lejanos días de nuestra infancia. Alberto cantó algunas canciones que nunca más yo había vuelto a escuchar y que me llenaron de emoción. También recordó algo que yo no sabía, porque entonces todavía no había nacido. Que mi abuelo le llamaba Tintín y que ese apodo después cambió a Chichí, que es como todavía se le sigue llamando. Cuando regresamos a nuestra casa, mi amada esposa quiso volver a escuchar la grabación y con tristeza descubrió que por un problema técnico todos nuestros recuerdos no se habían registrado. Le dije que no se preocupara, que otro día regresaríamos con mi hermano que vive en la calle Providencia, y volveríamos a registrar lo que por ahora se había borrado. Quizás, incluso, a lo mejor surgirían otras historias y canciones que en esa primera "sesión" nostálgica se nos pudieron haber olvidado... * Artista plástico
|