#LaVozDeLosExpertos

Llevamos viviendo una supuesta transformación digital desde finales de los años noventa y de lo poco que hemos logrado hacer bien es crear un caballo de Troya para desinformarnos. Nuestra especie, tribal y necesitada de inclusión y aprobación, tiene un poder especial para lograr que las mentiras se propaguen más rápido que la verdad. Sin guías de protección para los contenidos ni (costosos) procesos de detección con discreción humana, estamos dando acceso a ser manipulados, a través de la información que vamos compartiendo o de los rastros digitales que vamos dejando atrás.

“A lie can travel halfway around the world while the truth is putting on its shoes” —Mark Twain

La desinformación se disemina de diversas maneras, y en América Latina no hemos sido ajenos a revistas y medios locales que nacían exclusivamente durante las campañas electorales. Pero eso no tiene la magnitud que toma el que los cuatro grandes de la diseminación de la información ya digitalizada en occidente tengan su cuota de responsabilidad.

Tenemos a Twitter, YouTube-Google y en menor medida a Amazon; pero hay que reconocer que el principal acreedor a una mención especial es Facebook.

Hay misiones empresariales que se han ido acoplando a partir del crecimiento de las cuatro grandes de Silicon Valley. Como bien dicen, el poder corrompe, y Facebook puede ser el principal enfermo. Recordemos que estas multimillonarias empresas toman su valor de lo que pueden vender a compañías y marcas que buscan colocar su producto frente a nuestros ojos, en nuestra mente, poner cosas a nuestro alcance, satisfacer alguna intención comercial.

Ya hemos aceptado que un anuncio puede ser una respuesta útil, que muchas veces lo es, pero al mismo tiempo tenemos que dejar un poco de nosotros detrás de ese clic sobre un anuncio (en forma de imagen, de hipervínculo, de retuit).

El problema es que todo se complica cuando nuestra información, lo que queda de nuestro andar entre los sitios web, aplicaciones y conversaciones puede ser utilizado para desinformarnos, o para hacernos enviar información falsa a nuestros contactos.

No se trata de #ruidoblanco alarmista, ya hemos visto que han habido ataques cibernéticos buscando influenciar las elecciones de países por parte de gente asociada a gobiernos.

La gravedad crece entre esta batalla de los consumidores con las empresas, los anunciantes y la privacidad.

Sin duda, WhatsApp tiene que cuidar los datos de los usuarios de una manera distinta a la que lo hace WeChat, por la naturaleza de la aplicación y por el marco legal del país donde cada una se desarrolló. Pero eso no excluye que no hayan datos de ubicación, lista de contactos y otra serie de accesos que no se puedan utilizar por el dueño de WhatsApp (sí, es Facebook) para mostrarnos cosas en otras de sus plataformas, por ejemplo, en Instagram.

Compartir datos permite construir mejores sociedades, más eficientes en áreas como el transporte, la salud, y hasta podrían contribuir a bajar los costos administrativos. El tema no tiene que ver con estigmatizar a la tecnología, sino su crecimiento e impacto social.

Tenemos que recurrir a especialistas en humanidades y no plantearlo todo a partir solo de temas económicos, políticos, mediáticos o tecnológicos.

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