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01/09/2017
02:11
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En entrevista con EL UNIVERSAL, Enrique Peña Nieto definió dos atributos que debe tener quien resulte el candidato presidencial del PRI: una visión clara del rumbo del país y una trayectoria de honestidad y prestigio. Ambos atributos conforman, a su juicio, el mínimo requerido para que el tricolor sea competitivo en la elección de 2018.

¿Quiénes, de los hasta ahora mencionados como aspirantes, encuadran en los atributos referidos por quien tendrá la última palabra para su designación?

Es de suponerse que cuando el Presidente se refiere a una visión clara del rumbo que debe seguir el país, ésta debe ser consecuente con la trayectoria ya seguida por los cuatro gobiernos más recientes, profundizado por el suyo. Es decir, el sucesor debe continuar con el proyecto nacional impuesto y defendido durante los últimos 30 años.

En tal sentido, satisfacen ese atributo los dos suspirantes incluidos en la decisión original planteada al arranque de un gobierno que hoy cumple cinco años: Luis Videgaray Castro y Miguel Ángel Osorio Chong.

Éste último se ha mantenido al frente de la Secretaría de Gobernación, pero hasta ahora con magros resultados: ingobernabilidad, inseguridad, violencia delincuencial. En medio de esa realidad, se registraron graves hechos que desgastaron severamente al gobierno: los desaparecidos de Ayotzinapa, la matanza de Tlatlaya, la represión en Nochixtlán y la rebelión de la CNTE, entre otros. Pero Osorio sigue jugando: es, hasta ahora, el priísta mejor posicionado en las encuestas.

Videgaray, por su parte, ha sido el artífice y principal impulsor de las llamadas reformas estructurales, en una primera parte del gobierno desde la Secretaría de Hacienda. Aunque lo descarrilló la precipitada invitación a Los Pinos del candidato Trump, jamás dejó se ser el álter ego de Peña Nieto. Y reinstalado en Relaciones Exteriores, hoy se ocupa de temas cruciales en la relación con Estados Unidos, preponderantemente la renegociación del TLCAN. Él, sin embargo, se ha auto descartado y ha dicho que no buscará la candidatura. Pero, ¿qué tal si se la encuentra? No ha dejado de jugar, y ese juego incluye el impulso que da a otros dos suspirantes que también tienen el atributo de tener una clara visión del rumbo ya marcado por el actual proyecto de país: José Antonio Meade y Aurelio Nuño. El hoy secretario de Hacienda no tiene militancia priísta y aunque le abrieron el candado, no tiene arraigo entre esa militancia priísta, convencida de sus postulados, que sí existe, por cierto. Mientras que cuesta trabajo imaginar al secretario de Educación en sus giras de campaña, perseguido y acosado por los maestros de la Coordinadora en los por lo menos diez estados donde tiene la organización y fuerza suficiente para hacerlo.

Qué hay del otro atributo: la trayectoria de honestidad y prestigio.

Los dos suspirantes de la decisión original y los dos que han surgido como alternativa de uno de ellos, están profundamente vinculados a un gobierno gravemente manchado, desde la cabeza, por hechos de corrupción. En el ánimo popular sigue pesando, y mucho, el escándalo de la casa blanca de Peña Nieto y la de Malinalco, de Videgaray, en operaciones relacionadas con uno de los principales contratistas del sexenio. De Nuño y Meade no se conocen hechos que cuestionen su honorabilidad pública y tienen un bien ganado prestigio en su ámbito de responsabilidades. Pero los ensucia su cercanía con los sí señalados. Esa cercanía, sin embargo, es la que garantiza al gran elector no tener problemas con la justicia cuando deje la silla del águila.

Es aquí donde aparece otro de los suspirantes: José Narro Robles. ¿Le cuidaría las espaldas a Peña Nieto? Sí, por ser parte del gabinete y del sistema, pero también por la buena relación que, aseguran los que saben, ha cultivado con el Presidente. Prestigio profesional lo tiene, sobre todo a su paso durante ocho años por la Rectoría de la UNAM. ¿Lo cuestionarían los intelectuales más críticos vinculados a la máxima casa de estudios y otras instituciones de educación superior? Muy probablemente podría concitar su apoyo. Además, el hoy secretario de Salud ha mostrado su capacidad política en muchos otros de los cargos públicos que ha ocupado, como el de subsecretario de Gobernación en medio del levantamiento zapatista.

La corrupción será tema central en la campaña presidencial de 2018. Su combate, sin concesiones, es la principal línea discursiva del hoy candidato a vencer, por estar arriba en las preferencias electorales medidas por las encuestas: Andrés Manuel López Obrador.

En ese contexto, el PRI necesita un candidato que no tenga cola que le pisen y ese parece ser Narro Robles. Algunos priístas consultados por esta columna creen incluso que es el único que daría satisfactoriamente esa batalla, aunque quizás en el ánimo presidencial no tiene la visión que él y su grupo cercano tienen respecto al rumbo del país. Narro, en sus recientes discursos, ha dicho que las reformas deben seguir, pero a partir de una “segunda generación” que profundice en lo social: la igualdad de oportunidades y la justicia. A Videgaray y a su grupo les parece que tales planteamientos lo alejan del camino trazado por ellos. Es más, lo ven muy tendido hacia la izquierda.

Lo que parece claro es que la disputa hoy es entre dos: Meade y Narro.

¿Así lo verá el gran elector? Pronto conoceremos su decisión.

[email protected] @RaulRodriguezC
Raúl Rodríguez Cortés
Toda su vida profesional la ha dedicado al periodismo. Hace poco más de 40 años empezó como "hueso" (mensajero) en El Sol de México. Se enamoró desde entonces de las redacciones. Aprendió...
 

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