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A propósito de los ajolotes III y último

A propósito de los ajolotes III y último
22/06/2018
01:51
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Contaba yo en mi artículo anterior que hacia 1971 el Dr. de Garay le dio a Salvador Elizondo un frasco de hormonas de tiroides que a diario, en pequeñas cantidades, vertíamos en la pecera del ajolote. Yo le tomaba fotografías al animal de vez en cuando pero ignoraba, y era yo mal observadora, lo que le estaba pasando.

Por entonces vivíamos en un departamento frente al Parque México y decidimos hacer una cena en la que invitamos al escritor Fernando Benítez y a su esposa, a Bertha y José Luis Cuevas y a otros amigos.

Al ajolote cometimos la tontería de ponerlo en una pecera redonda de 30 cm de diámetro, como si fuera un pez, llena de agua en la que nadaba todo el tiempo. Con las hormonas empezó, sin que realmente nos percataramos, a cambiar.

Para la cena decidí limpiarlo y exhibirlo a nuestros invitados. El ajolote estaba muy inquieto y nadaba mucho. De pronto saltó del agua y fue a dar al regazo de Bertha Cuevas, quién soltó un grito de angustia. El ajolote había muerto ahogado, se le habían reventado los pulmones porque había completado la evolución al estado de adultez. Ahora necesitaba oxígeno para respirar. Su sistema de respiración había cambiado de branquial a pulmonar y en su pecera no encontró una piedra para salir del agua a respirar.

Pasado el tiempo, cuando estudié a fondo los misterios de la especial genética del ajolote mexicano, seguí teniendo ajolotes pero con un mayor conocimiento del hábitat que requieren. Ahora lo mantengo en una pecera rectangular grande con agua a medio llenar y siempre le pongo piedras por si cambian; pero no cambia, sigue siendo adolescente, solamente en aquel primer ajolote que tuve, tratado con hormonas, pude observar, sin entender, cómo se da ese cambio.

En la fotografía que publico en esta ocasión se puede observar cómo las branquias del ajolote tratado con hormonas tiroideas empiezan a disminuir y los ojos empiezan a desarrollar párpados.

A Salvador Elizondo su interés en el tema lo llevó a escribir el relato extraordinario: “Amystoma trigrinum”, que viene en la antología El grafógrafo, que publicó en 1972, y que recomiendo a sus lectores.

¡Salvemos al ajolote mexicano por el bien de la humanidad!

(1) En este collage que hice se observan los trazos del dibujante de Humboldt
comparados con un espécimen vivo,
Cd. de México,1978.
(2) Evolución del ajolote mexicano. Sus branqueas han disminuido de tamaño,
se están encogiendo, y sus ojos empiezan a desarrollar párpados,
Cd. de México, 1971. (CORTESÍA PAULINA LAVISTA)

Paulina Lavista nació en la Ciudad de México en 1945. Documentalista, investigadora y fotógrafa.
 

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