Continúo en esta ocasión con el texto que dejé inconcluso en torno a uno de los grandes personajes mexicanos que como don José Luis Martínez han enriquecido nuestra cultura con su obra y con su trabajo como representantes al frente de las más honorables instituciones, por lo que debemos sentirnos orgullosos de ellos.

La imagen fotográfica que acompaña mi escrito de don José Luis Martínez la tomé en el estudio-biblioteca donde solía escribir y estudiar, aunque cabe aclarar que la monumental biblioteca ocupaba absolutamente toda su casa, todos los cuartos, recámaras, pasillos, sala y sótano.

(Continuación):

A raíz de que Salvador Elizondo ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua, en octubre de 1980, a cuyo discurso respondió y dio la bienvenida su director, don José Luis Martínez, como esposa de Elizondo me sentí obligada a ofrecer una comida en honor de tan distinguido personaje, para agradecerle, mínimamente, las atenciones a Salvador, quién estaba muy orgulloso y feliz de haber ingresado a “La Academia”, tal como su admirado escritor Paul Valéry. Era para Salvador un triunfo personal, y debo reconocer que puso mucho esmero en la escritura de su discurso de ingreso que tituló: “ Regreso a casa”.

Cuando José Luis Martínez aceptó nuestra invitación, naturalmente me quise lucir con un buen menú para la ocasión e hice mi mayor esfuerzo para observar todos los detalles del protocolo, como poner un mantel de fino algodón almidonado en la mesa, instruir a la sirvienta de servir por la izquierda y recoger por la derecha, pulir los objetos de plata y cobre, adornar con flores, etc.

Decidimos Salvador y yo ir al mercado de San Juan a comprar unas suculentas langostas como el platillo principal, amén de preparar la deliciosa crema de avellanas que aprendí a cocinar de mi mamá.

Llegó don José Luis Martínez puntualmente a la reunión acompañado de su esposa Lidia Baracs, a quién, como ya lo relaté, cariñosamente nombraba Lupita. Llegaron también los otros invitados, que no recuerdo con exactitud quiénes eran, pero me parece que eran el poeta y filósofo don Ramón Xirau y su esposa Ana María de Icaza, y el también poeta don Jaime García Terrés y su mujer, doña Celia Chávez. En amena plática tomamos los aperitivos sentados en los equipales del corredor para pasar después a la mesa…

Serví la sopa y alguno de los comensales me dijo: “Qué rica sopa Paulina”, por lo que respiré tranquila, sobre todo cuando varios repitieron la sopa; pensé: “ voy bien, les gustó mi sopa…” Luego venían ¡LAS LANGOSTAS A LA TERMIDOR! Entró la sirvienta con el suculento platón de los rojos crustáceos y entonces Lupita, al ver el platón, gritó horrorizada. “¡¡¡No puedo comer langosta, soy alérgica, imposible, acabo en el hospital si me como un sólo bocado!!!”

Yo me sentí muy avergonzada y nerviosa, no sabía qué hacer. “¿No estabas enterada?”, me preguntó don José Luis Martínez, a lo que le contesté que obviamente no lo sabía… Entonces me levanté de la mesa y fui a la cocina para tratar de solucionar la terrible emergencia… Afortunadamente encontré una solución y pude sustituir la langosta de Lupita, creo que con carnes frías, no lo recuerdo bien.

En realidad fue un error mío del que aprendí la moraleja, que cuando invites a comer les preguntes a las personas si no tienen alguna restricción o alergia a ciertos alimentos.

Tiempo después, cuando desafortunadamente murió Lupita, don José Luis Martínez escribió un librito entrañable, de edición limitada, solamente para sus amigos, que tituló Recuerdo de Lupita. Un relato del amor a su compañera por muchos años, que había partido anticipadamente al viaje sin retorno que a todos nos espera. El librito de pocas páginas comienza con una anécdota de cuando la conquistaba, donde nos cuenta que invitó a Lupita a cenar y le dio langosta, que ella aceptó comerse por pena a desairarlo y resultó que después de ingerir el marisco se puso muy gravemente enferma, por lo que acabó por llevarla al hospital… desde entonces las langostas estuvieron ausentes en su menú… (Continuará).

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