El pasado lunes, Corea del Norte canceló un evento cultural conjunto que iba a llevar a cabo con Corea del Sur a inicios de febrero, debido a la “insultante” cobertura noticiosa surcoreana sobre su participación en los juegos olímpicos de Pyeongchang 2018. Esto, hasta ahora, no altera los planes de enviar a una delegación norcoreana a la justa invernal, pero sí enciende algunos focos rojos. Lo que ha motivado la prensa negativa en el sur son básicamente dos cuestiones: La primera es la indisposición mostrada por parte de algunos deportistas surcoreanos a participar en equipos conjuntos, o incluso a desfilar como una misma delegación con Pyongyang. Esto debía ser esperado. Corea del Norte y Corea del Sur siguen oficialmente en guerra, se amenazan continuamente, y Pyongyang tiene apuntadas sus armas nucleares hacia el sur. Pretender una hermandad espontánea sin antes trabajar arduamente en procesos de reconciliación y construcción de paz de raíz, es algo iluso. El segundo tema tiene que ver con el escepticismo entre analistas, políticos y otros actores, a raíz de la repentina disposición de Kim Jong-un a mostrar signos de acercamiento tras un 2017 marcado por un discurso beligerante acompañado de considerables progresos reales tanto en el programa nuclear norcoreano como en su proyecto de misiles. Hay quien piensa y escribe que todo este espectáculo olímpico es un ardid por parte de Kim para mostrarse dispuesto al diálogo sin ceder en lo esencial. Estos hechos dejan en claro que, aunque los símbolos que se harán presentes en un evento de la relevancia de los juegos olímpicos sí tienen significado, lo que está ocurriendo en un plano mayor, debe analizarse con cautela.

Exploremos primero el argumento escéptico. Desde la visión de muchos, mediante su participación en Pyeongchang, Corea del Norte consigue proyectar una imagen de colaboración y diálogo. Kim buscaría con ello respaldar las tesis de aquellos que piensan que el régimen norcoreano solo ha reaccionado con dureza cuando se siente amenazado o en peligro de ser intervenido. En cambio, cuando a ese mismo régimen se le ofrecen concesiones reales, su respuesta es positiva. Sin embargo, sigue el argumento escéptico, mediante esta estrategia, Kim logra todo o casi todo lo que busca, pero sin conceder aspectos cruciales. Obtiene premios inmediatos por parte de Seúl, y al mismo tiempo, se mantiene progresando en sus capacidades nucleares y de misiles. Adicionalmente, Kim consigue distanciar al presidente surcoreano Moon Jae-in—considerado un político moderado—de Donald Trump. Es decir, si Moon concluye que su estrategia de acercamiento estuviese logrando avances que la estrategia beligerante del pasado no ha conseguido, es probable que busque sostenerla y, en la medida de lo posible, intensificarla, lo que podría terminar por chocar directamente con la actual Casa Blanca. De este modo, Kim estaría garantizando que, por lo pronto no habría un ataque militar en su contra, puesto que una operación armada en la que Seúl pagaría enormes consecuencias, efectuada por EU sin el aval surcoreano, es improbable. Con todo ello, Kim se acercaría a sus metas de largo plazo que tienen que ver primero con su supervivencia, la supervivencia de su régimen y la del país que dirige, y segundo, con el quiebre de su aislamiento, mostrándose abierto, dialoguista y dispuesto a la cooperación recíproca. Por si fuera poco, Kim gana tiempo muy valioso con el objetivo de ultimar los detalles tecnológicos para finalizar el elemento disuasivo que requiere: un misil balístico intercontinental capaz de transportar y detonar un explosivo nuclear en cualquier parte del territorio estadounidense, lo que terminaría por sellar la garantía de que no será atacado. Ahora bien, si, como afirman otros autores, la meta última de Pyongyang es en realidad lograr una unificación coreana bajo sus términos, entonces, el distanciar a Seúl de Washington tiene aún mayor sentido. Imaginemos que el diálogo detonado con el pretexto de estos juegos olímpicos, persistiera y se profundizara. Si esto llegase a suceder, como afirma el experto Philip Bobbitt, eventualmente Seúl podría pedir a EU que se retirara de la península para evitar un conflicto que pudiese destruir a ambas Coreas. Para el campo escéptico, entonces, todos estos factores o parte de ellos, están dentro del plan de Kim, y Moon haría bien en no dejarse engañar.

Hay, sin embargo, un argumento alternativo que, si bien coincide con el anterior en muchos aspectos, parte de una concepción distinta de lo que los juegos de Pyeongchang 2018 podrían significar. Desde esta otra visión, Kim Jong-un prácticamente ha logrado los avances militares que estaba buscando y, por tanto, su disposición a mostrarse abierto es auténtica. Kim entiende que a pesar de todo lo que distancia a Washington de Seúl, y a pesar de saber que Corea del Sur es quien pagaría los mayores costos de una confrontación armada, Trump—quizás en un arrebato—sí sería capaz de atacarle, lo que podría desatar un escalamiento mayor del conflicto. Bajo este escenario, incluso con el daño que Pyongyang pudiese provocar en Seúl, probablemente estaríamos ante el final de su régimen, si no es que de su vida. Esta visión, lejos de ser idealista, aporta a estos juegos olímpicos una alta dosis de realismo político. Las señales que se estarían enviando en la justa deportiva no son insignificantes dado que transmiten un mensaje real: Kim sabe que ha ganado esta batalla, la batalla por obtener sus armas nucleares. Ahora, como potencia ganadora, está dispuesto a firmar condiciones para un acuerdo de largo plazo bajo nuevos términos. Esto permitiría, efectivamente, asegurar el que eventualmente Corea del Norte sea aceptada como poder nuclear y pudiera, así, irse paulatinamente integrando al sistema internacional, libre de sanciones y otras medidas de aislamiento, pero al mismo tiempo garantizando su perpetuidad. La alternativa de desnuclearizar la península, desde esta óptica, ha quedado ya muy atrás y perseguirla es una meta ilusa. Por lo tanto, Pyongyang no está buscando engañar a nadie mediante su participación olímpica, sino afirmar que cuando es tratada con la apertura que ha mostrado Moon, en lugar de castigos, amenazas o despliegues de músculo, hay posibilidades de alcanzar entendimientos.

Así que, al margen de la simbología positiva que seguramente podremos apreciar en Pyeongchang; es decir, más allá de que ambas Coreas marchen como una sola delegación o logren acordar participaciones conjuntas, hay que entender que los juegos olímpicos ocurren siempre en contextos internacionales de los que no pueden ser aislados. En este caso, dichos juegos no son necesariamente la causa o el factor que moverá la pacificación de la península, pero sí funcionan como facilitadores para un proceso que podría estar iniciando fuera de las pistas y las montañas de esquí, y que podría romper una dinámica conflictiva que marcó al 2017. Determinar las estrategias y metas reales de cada una de las partes del conflicto resulta crucial para entender si ese proceso tiene o no tiene futuro.

Twitter: @maurimm

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