Después de perder la elección presidencial de 2016 de manera inesperada y dolorosa, el Partido Demócrata de Estados Unidos se ha recuperado para controlar de nuevo la Cámara de Representantes. Ahora, enfrenta el año más importante de su historia moderna. La izquierda estadounidense deberá superar sus diferencias para elegir a un candidato presidencial que pueda derrotar a Donald Trump en el proceso electoral de noviembre de 2020. Todo indica que las mujeres, las minorías y los jóvenes han dado la espalda de manera categórica no solo al presidente sino al Partido Republicano que lo respalda. Si todo sigue como ahora, Trump será un blanco vulnerable en un par de años, pero antes los demócratas deben elegir sabiamente a su representante en la contienda. No es un desafío menor.

Cuando falta poco más de un año para el principio de elecciones primarias que definirán al candidato o candidata demócrata a la presidencia, la lista de aspirantes a la nominación es cada día más larga y en este año se decidirá buena parte de su destino. Trump ha generado tal repudio que medio mundo quiere pelearle el puesto. La baraja demócrata incluye a senadores, ex senadores, congresistas, gobernadores, ex gobernadores, empresarios y un vicepresidente, todos de perfiles distintos. Joe Biden, vicepresidente con Barack Obama y cuatro años mayor que Donald Trump, cree poder ofrecer un contrapeso racional y moderado. Bernie Sanders y Elizabeth Warren, senadores de alto perfil, pretenden rebasar a Trump por la izquierda. Kamala Harris y Cory Booker, senadores afroamericanos de gran elocuencia y personalidad, podrían ofrecer un contraste generacional y cultural frente a Trump. Y luego están figuras de gran impacto mediático, como el congresista tejano Beto O’Rourke, un hombre carismático quien, a pesar de su corta experiencia, se ha vuelto el candidato soñado para buena parte del Partido Demócrata, que anhela la comparación entre Trump —cansado, avejentado e irascible— y un hombre joven y magnético que recuerda a Barack Obama o a lo que ha sido Justin Trudeau en Canadá. De todos ellos, y muchos más, deberá salir el aspirante demócrata a derrotar a Trump.

La lectura optimista es que, con semejante alineación, el partido no debe tener problema para hallar una fórmula ganadora en 2020. Se dice fácil. Lo cierto es que el partido de Kennedy, Clinton y Obama ha cometido errores de cálculo en el pasado inmediato. Ni Al Gore ni John Kerry, por ejemplo, pudieron derrotar a George W. Bush, un candidato republicano teóricamente vulnerable (aunque Gore ganó el voto popular y, de no haber sido por la intervención de la Suprema Corte, probablemente habría ganado la elección del 2000 en el Colegio Electoral también). En esta ocasión, los demócratas enfrentan una disyuntiva delicada. El frenesí nativista de Trump ha generado tal repudio entre los demócratas que muchos creen que el antídoto está en ponerle enfrente a un candidato igualmente combativo, que incluso trate de pelearle en sus propios términos. En otras palabras: para derrotar a un hombre que ha ocupado un extremo del espectro político estadounidense hay que elegir a alguien que pueda hacerse del otro extremo, aunque a veces ambos extremos se toquen. De ahí el atractivo de la candidatura de Bernie Sanders, entre otros.

El problema con este cálculo es que deja vacante el centro ideológico y, con ello, abandona a los votantes independientes, tan claramente huérfanos en los años del trumpismo, además de los sectores moderados de ambos partidos, que podrían desilusionarse si la elección se vuelve un zafarrancho. Quienes creen en la importancia de volver a ocupar el centro ideológico sugieren que los demócratas deben nominar a alguien como Biden, capaz de defender el legado positivo de Obama desde la experiencia de décadas en el gobierno (Biden fue senador antes de ser vicepresidente). Otros advierten que es mejor combatir el fuego con el fuego y garantizar, al menos, el entusiasmo absoluto de la base demócrata.

¿Qué hacer? Aunque el rechazo visceral a Trump es comprensible, la ira no es buena consejera electoral. Es claro que los demócratas recurrirán a la indignación para entusiasmar al votante, pero no es lo mismo a nominar a un candidato que haga del antitrumpismo la única bandera de la campaña. Tampoco es sensato suponer que todo el electorado estadounidense apetecerá la retórica populista en 2020, de izquierda o de derecha: en las elecciones legislativas de noviembre pasado, los demócratas ganaron con un mensaje menos estridente de lo que podría parecer. Si esa dinámica se mantiene este año, los demócratas deberán elegir a un candidato que apueste por la vuelta a la cordura antes que por la confrontación con Trump, quien se siente mucho más cómodo trepado en el cuadrilátero, provocando a sus rivales entre escupitajos, antes que debatiendo con sustancia. Más allá de sus enormes defectos, Trump es maestro del insulto y la intimidación. Jugar contra él en esa cancha y con esas reglas se antoja suicida. Frente a la oferta del energúmeno, Los demócratas harían bien en procurar decencia, moderación e inteligencia. Si lo hacen, Trump quedará en el basurero de la historia. Si ceden a la rabia y al enojo, perderán. Y el mundo no puede darse ese lujo.

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