Tomando las debidas precauciones para ser no menos que oportunos y con el espinoso juicio en Nueva York de Guzmán Loera, parece que Netflix decidió arriesgar sus cartas sin irse con los pies de plomo y no posponer el estreno de la nueva temporada de Narcos, la cuarta, dedicada a México y, en especial al nacimiento del cártel de Guadalajara (vieja generación) incluidas las guerras que arrancaron en los años 80 y que hoy siguen. El reparto nacional incluye a Diego Luna y Joaquín Cosío.

Si a eso se le agregan las declaraciones hechas por el abogado de El Chapo Guzmán, Jeffrey Lichtman, en el sentido de las sorprendentes acusaciones que involucran principalmente a dos de tres presidentes de México con el narco organizado y, de paso, también al Mayo Zambada que nunca ha sido llevado a la corte y al que El Chapo acusa de ser el verdadero líder del cártel de Sinaloa.

Lo único que siembra dudas es la participación del guionista Chris Brancato, que parece que sabe del narco colombiano y mexicano lo que El Chapo de ingeniería nuclear. Mientras tanto la serie de Netflix de tres temporadas y la cuarta contando de El Chapo, ha repuntado y ahora sí muchos miran el contexto político en el que el nacido en La Tuna, Badiraguato, en el año de 54 hacía sus negocios y sobornaba a personajes claves de los últimos tres sexenios, de abajo para arriba y a los lados.

Al lado de estas series que hace ver a la fallida Ingobernable, como La rosa de Guadalupe, no dejan de ser moneda corriente y rentable las biografías autorizadas y no del Patrón del mal, Pablo Escobar Gaviria, estrella de la muerte de History Channel, Discovery y otras tantas plataformas, además de tener la mejor serie de narcos (con 75 capítulos y un revelador documental de su vida y sus tiempos colombianos), jamás hecha, lo mismo que la de su sicario favorito, Jhon Jairo Velásquez, Popeye, parte de la estructura clave del cártel de Medellín, responsable de más de 300 muertes y ordenar otras tantas y que es también estrella de Netflix con biopics y serie propia.

Ojalá y como están las cosas, con El Chapo amenazando con pruebas de sobornos a ya saben quién, haya por lo menos un intento serio de acabar con el trío de corruptos implicados, incluyendo uno que, se dice, no le abrió él mismo las puertas del penal de Puente Grande en 1993, porque ese día tenía un compromiso gubernamental ineludible, pero le mandó a gente de su confianza para que se pelara. Como bien relata Anabel Hernández en las crónicas que componen su libro Los señores del narco, éstas se basan en una investigación temeraria, documentada con rigor que, en su momento, también tocó a bandas de secuestradores, que volvieron intelectual el delito al servicio alterno del narco.

Como los estadounidenses son muy dados a los documentales criminales, no dudemos que como en otros casos, el de Guzmán Loera se vuelva un bestseller televisivo, una vez que se le dicte sentencia, y salgan a flote todos los yerros y contubernios por la considerada “Guerra de Calderón”, que llevó como bastión a Genaro García Luna, obviamente también implicado y documentado por testimonios y papeles oficiales del ahora restaurantero de la ciudad de Miami, que se pasea libremente por México, hasta dando asesorías sobre el crimen organizado del que muchos lo consideran zar.

pepenavar60@gmail.com

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