Se encuentra usted aquí

Brevísimo índice de libros prohibidos

18/08/2017
01:51
-A +A

 

 

 

Las palabras también pueden importar apariencias. En ellas no sólo se cifran diversos muestrarios posibles del hombre y el universo. Antiguamente, en la palabra se guardaba el honor; ése fue acaso el origen de la firma. Sin embargo, las palabras pueden servir asimismo para engañar. Las mujeres lo saben y se previenen con frecuencia de la locuacidad sentimental de los presuntos seductores. A veces, los merolicos las convierten en literatura ingeniosa, lúdica y admirable. Los políticos no dejan de gastar ese recurso que en no pocas ocasiones revelan menos su ignorancia que su ruindad; muchos políticos, demasiados políticos de demasiados signos y siglas corrompen incluso el idioma. Una palabra puede ser asimismo una provocación. Una combinación de letras aparentemente inocente puede resultar peligrosa. Los autócratas lo han conjeturado obsesivamente y por eso las persiguen.

Una de las palabras que Eliseo Diego pronunciaba con mayor placer era la palabra “muchacha”. Importaba una invocación y una felicidad. Un sacerdote amigo le confió a su hijo Eliseo Alberto, Lichi, en la funeraria de Calzada y K, en el Vedado de La Habana, donde lo velaron, que poco antes de viajar a México, donde murió, Eliseo Diego había ido a verlo, “y no revelo secreto de confesión si te digo que era la confesión de un niño”. Sin embargo, las nuevas Ligas de la Decencia han descubierto que la palabra “muchacha” puede encubrir una ofensa y resultar despectiva si se utiliza para aludir a las mujeres que trabajan en las casas, por lo que hay que referirse a ellas como “la señora que me ayuda en el trabajo de la casa”.

En la antigua Arena Revolución, en Mixcoac, donde consuetudinariamente se celebraban funciones de Lucha Libre, un letrero pintado en las paredes advertía: “Prohibido hacer mal uso del lenguaje. La persona que sea sorprendida haciendo mal uso del lenguaje será consignada a la autoridad”. La función solía transcurrir entre chiflidos, un intercambio lúdico de ademanes reconocibles con brazos y dedos entre los luchadores y el público y reiterados gritos de las mismas supuestas injurias. Desde hace hace meses, los honorables funcionarios de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) se han alarmado porque en los estadios donde hay mexicanos, cuando se realiza un despeje de meta, suele proferirse acompasadamente, como un juego o una broma, una palabra de uso común desde el siglo XV según Corominas. La consideran una amenaza para aquellos hombres que buscan placer y acaso amor en otros hombres, algunos de los cuales quizá también gritan esa palabra. Paradójicamente, los ejemplares funcionarios de la FIFA y ciertos locutores al uso no creen grave que en Rusia y Katar, donde se jugarán las próximas Copas del Mundo de futbol, la homosexualidad se considere un delito en el código penal. Como ciertas organizaciones, la FIFA, se sabe, se rige por sus propias leyes y elimina a quienes pretenden acogerse a las del Estado.

Cumplida la tarea de condenar a muerte a los animales del circo, quizá haya que empezar a extinguir palabras como la que gritan muchos mexicanos en los estadios. Habría que borrarla de los diccionarios. Sin embargo, eso no resulta suficientemente efectivo, por lo que habra que perseguir esa palabra en los libros en los que está impresa como, por ejemplo, los de Quevedo o esos volúmenes que conocemos como el Quijote.

Pero existen libros que parecen imposibles de corregir, en los que cada página abunda en errores que atentan contra los Derechos Humanos, los Derechos de los Animales, los Derechos de las Plantas, la moral y las buenas costumbres y, por lo tanto, como los espectáculos con delfines, hay que prohibir. Por supuesto, debe proscribirse El negro del Narcissus, de Joseph Conrad porque originalmente atreve la oprobiosa palabra “nigger” en el título, la cual reitera durante todo el libro que parece ironizar con el personaje al que se refiere con esa palabra. También debe evitarse la impresión, venta y posesión de Las criadas, de Jean Genet; por supuesto, El idiota, de Fedor Dostoyevski, porque puede resultar ofensivo para muchos seres humanos; El judío de Malta, de Christopher Marlowe; El mercader de Venecia, de Shakespeare; La reliquia, de Eca de Queiroz, por no respetar las creencias religiosas; The Scottish Play, de Shakespeare, por misógina; Oliver Twist, de Dickens, por maltrato infantil; El Señor de las Moscas, de William Golding, por incitar al bullying; Del asesinato como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, por hacer apología del delito; El complot mongol, de Rafael Bernal, porque denigra una raza, una cultura y un país; Moby Dick, de Melville, por crueldad hacia los animales; la Comedia, de Dante Alighieri, por no respetar la diversidad...

Como muchos, Javier García Galiano (Perote, Veracruz, 1963) quiso ser futbolista, director de cine, músico y marinero, terminó estudiando Letras Modernas.

Más sobre el autor

Comentarios