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Venezuela, prueba de política exterior

25/01/2019
02:05
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En diciembre de 2015, Venezuela celebró unas elecciones en las que el madurismo perdió la mayoría legislativa. En lugar de acatar el veredicto de las urnas, el régimen optó por desconocer a la nueva Asamblea Nacional, para lo cual utilizó a un Poder Judicial bajo su control. Se desencadenó desde entonces una lucha entre poderes y una crisis de gobernabilidad.

En 2017 Maduro optó por convocar a una Asamblea Constituyente, con reglas a modo, para intentar a través de ese órgano ofrecer una apariencia democrática. En marzo de 2018 se celebró un proceso electoral, de muy dudosa legalidad y transparencia, donde nuevamente se pusieron impedimentos a la participación de la oposición y del que Maduro resultó formalmente reelecto.

Esta semana, la oposición que considera ilegítimo a Maduro hizo una cuestionable interpretación de la constitución: decidió que tocaba al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, asumir el poder. En realidad, el artículo 233 de la Constitución venezolana prevé que la cabeza del legislativo asuma el poder en casos donde exista una falta absoluta del presidente que le impida presentarse a tomar posesión, pero no es el caso. Pero la oposición quiere asumir que el presidente no está porque su elección fue fraudulenta.

La lógica que guía a los opositores pareciera ser: como el régimen madurista ha violado la constitución, nosotros también hacemos una interpretación a modo. Ahora, ¿puede la comunidad internacional respaldar algo semejante? ¿Puede el presidente de Estados Unidos, y quienes han optado por alinearse automáticamente a su postura convertirse en intérpretes de la constitución venezolana?

Al precipitarse a reconocer al diputado Guaidó como presidente de Venezuela, como lo han hecho Trump, Bolsonaro, Duque y otros gobernantes latinoamericanos, se toma una decisión irresponsable que puede agravar la crisis de gobernabilidad en el país. Diferencias de contexto aparte, recordemos cómo la Comunidad Económica Europea atizó el fuego al conflicto en los Balcanes al reconocer en 1992 la proclamación de independencia de Croacia y Eslovenia, antes de medir las consecuencias.

A la derecha le urge ver a México reconocer a Guaidó, para así satisfacer su exaltación ideológica y alimentar la disputa interna, aunque sea a costa de vidas humanas. Hacerlo así, implicaría tomar partido en una situación compleja donde los dos bandos —gobierno y sectores de oposición— han recurrido a la violencia y la ilegalidad y podrían hacerlo nuevamente. ¿Queremos una guerra civil en Venezuela? ¿Abonar al caldo de cultivo que podría llevar a una intervención militar?

A partir de consideraciones como estas es que ni las Naciones Unidas ni la Unión Europea, y tampoco Uruguay, se han inclinado por el reconocimiento. En todo caso, han hecho un llamado a solucionar este diferendo de forma pacífica y, eventualmente, a convocar a nuevas elecciones.

El miércoles por la mañana, cuando aún no se sabía que Guaidó se autoproclamaría presidente con el reconocimiento de Trump, conversé con un alto funcionario de la Cancillería sobre la postura de México ante el Grupo de Lima. No haber tomado partido por ninguno de los bandos en disputa, me explicaba, le daría más legitimidad a nuestra voz cuando decidamos utilizarla. Se trata de “guardarnos” para ser un factor clave que permita ayudar realmente a resolver el problema cuando “la cosa truene”. Quizás ese momento ha llegado o está por llegar.

Frente a Venezuela, la política exterior de la 4T enfrenta una prueba. Conocemos ya el fracaso de la política exterior instrumentada a partir de la transición que quiso ser “activa” y trascender la visión del nacionalismo revolucionario, pero acabó por humillarnos frente a Estados Unidos en la lógica de “comes y te vas”.

La postura injerencista de Luis Videgaray, que siguió ese mismo razonamiento en relación a Venezuela, en nada sirvió para resolver la situación concreta del pueblo venezolano ni la crisis migratoria que se ha suscitado. Es claro que si este gobierno hubiese continuado esa postura, hoy no tendría ninguna capacidad de interlocución. Por eso de lo que se trata hoy es de hacer las cosas diferentes para obtener resultados diferentes.
 

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@HernanGomezB

Hernán Gómez Bruera
Profesor-Investigador del Instituto Mora; analista político, internacionalista y especialista en América Latina.