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Una clave en el caso Ayotzinapa

13/03/2018
02:00
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Erick Uriel “N”, La Rana.

Desde el 7 de octubre de 2015, la Procuraduría General de la República ofreció una recompensa de un millón y medio de pesos por datos que llevaran a su captura.

Miembros del grupo criminal Guerreros Unidos lo habían señalado como uno de los sicarios que el 26 de septiembre de 2014 recibió, ejecutó y quemó a varios normalistas de Ayotzinapa en el basurero de Cocula.

Jonathan Osorio Cortés, El Jona, lo ubicó en su declaración —y en una entrevista sicológica a la que fue sometido a fines de 2015— a un lado de la camioneta en que los estudiantes, presuntamente privados de la libertad por los Guerreros Unidos habrían sido trasladados al basurero.

“Llegamos al basurero. Yo comencé a bajarlos y conforme yo los iba bajando con El Memín, Duva, El Terco y La Rana, empezamos a detonar (…) Así como se los íbamos pasando, ¡tas!, les pegaban (les preguntaban) ‘A ver, ¿no van a decir?’ y les pegaban de balazos”.

La Rana era, sin embargo, uno de los pocos miembros de la organización, involucrados en los hechos de esa noche, que continuaba prófugo (los otros: José Ángel Casarrubias Salgado, El Mochomo; Miguel Miranda Pantoja, El Pajarraco, y José Ulises Bernabé García).

Tres años y medio más tarde, elementos de la División de Investigación de la Policía Federal lo capturaron en el sitio en donde todo habría ocurrido: el poblado de Cocula, a menos de cinco kilómetros de Iguala.

Los investigadores habían detectado que La Rana estaba de regreso en Cocula, y actuaba como jefe de plaza de los menguantes Guerreros Unidos en esta localidad, así como en Atipilulco, Atixtac.

En Cocula no había quien desconociera su identidad. La Rana se movía sin problemas, sin embargo, porque, según las autoridades, la población se halla completamente sometida por el grupo criminal.

De acuerdo con agentes que tomaron parte en su captura, Erick Uriel “se movía con confianza, se dejaba ver, realizaba normalmente sus actividades”. Dichas “actividades” consistían, sobre todo, en el “cobro de piso” a comerciantes de la zona.

15 agentes se encargaron de seguirlo desde que La Rana fue visto de nuevo en el centro de Cocula.

Según la investigación, el gobierno municipal no interfirió nunca en sus movimientos. Datos recogidos por los investigadores señalan que incluso pudo tener bajo “renta” a las autoridades locales. El jefe de plaza se sentía tan confiado que, de acuerdo con los encargados de darle seguimiento, solía moverse a pie y andaba por Cocula sin armas y sin acompañantes.

“Los traía dominados. Todos lo conocían. Nadie le hacía sombra”, relata uno de los investigadores.

Para realizar el cobro de extorsiones en los pueblos cercanos, Erick Uriel “N” acostumbraba hacer uso del servicio público. “Especialmente taxis”.

Cocula se halla en el corazón de una zona dominada desde hace años por los Guerreros Unidos. Para llegar a La Rana, los grupos criminales contrarios habrían tenido que abrirse paso o por la sierra o por Iguala. Erick Uriel no parecía contemplar siquiera dicha probabilidad.

La Policía Federal lo esperó en el centro, de noche. El pueblo estaba solo a esas horas. Cuando por alguna causa se sentía amenazado, La Rana acostumbraba meterse en la primera casa que hallaba a su paso. “Y nadie podía cerrarle la puerta o decirle que no”, cuentan.

Ahora, todas las puertas estaban cerradas y la mayor parte de la gente dormía.

Una patrulla se acercó a él con las luces apagadas.

—¿A dónde se dirige?

—A mi casa.

—¿Podría mostrarme su identificación?

—No traigo ninguna.

—¿Cuál es su nombre?

—Erick.

—¿Ah, sí? ¿Erick qué?

La Rana supo entonces que lo habían encontrado.

Alfredo Higuera Bernal, fiscal del caso Iguala, afirmó en la conferencia de prensa que siguió a la captura, que Erick Uriel “N” jugó un papel decisivo en la noche de Iguala: declaraciones ministeriales indican que él es otro de los personajes que saben qué ocurrió exactamente el 26 de septiembre con los estudiantes de Ayotzinapa.

@hdemauleon
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