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16/04/2018
01:50
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Comenzaba la madrugada. Dicho de forma elegante: el mesero nos conminaba a marcharnos. Expresado sin adornos: nos estaba echando a la calle. Alguien en la mesa dijo: “Si un mesero quiere irse a dormir que se busque otro trabajo”. Otro escritor añadió: “Voy a escribir una guía para enseñar a las personas a defenderse de los meseros; un libro así será más importante y de mayor ayuda que la Biblia. ¿Por qué estos mafiosos pelean la propina como lobos y te ofrecen siempre las bebidas y los alimentos más caros? ¿Acaso creen que somos estúpidos?” Ante una pregunta de tales dimensiones me vi forzado a responder: “Sí, somos estúpidos”. Alguien más expresó: “No te quejes de los meseros, en todo caso reclámale al propietario del lugar. Te levantas de tu silla y le dices: señor dueño de esta pocilga, haga el favor de ir a limpiar nuestra mesa y páguele bien a sus trabajadores para que no intenten robarnos a nosotros sus clientes que lo estamos haciendo a usted millonario”. Yo sabía que tras esta discusión baladí e interminable tendría yo que invitarlos, como siempre, a mi casa. Ellos aguardaban ya mi invitación, pues sabían que yo jamás lanzo a un invitado a la calle aunque den las siete u ocho de la mañana, y si me canso sólo les advierto: “Iré a mi recámara a dormir; pueden quedarse el tiempo que quieran; pueden incendiar la casa si lo desean, hagan lo que se les antoje”. Mi discurso no es un desplante, pues creo que si decides abrir las puertas de tu casa a cualquier persona debes ser consecuente y generoso. Lo contrario sería señal de tontería —no saber elegir a tus huéspedes— y tacañería moral y hospitalaria (pedirles que se marchen).

Ya en mi casa el rumbo de la conversación cambió y entre temas diversos yo defendí la bondad de los pequeños cambios. Saber renunciar a lo oneroso, fornicar siempre como si fuera la última vez, vestirse mal, comer frugalmente, caminar y construir una vida propia que nos impida ser soldados intercambiables que desconocen quien da las órdenes. Después de todo mañana nuestras cenizas desaparecerán en un torrente de viento o en el caño: o nuestros huesos continuarán su brevísimo camino hacia la desaparición. Recordé que Vico ya hace siglos proponía la imaginación como un medio para constituirse como persona; y Herder estaba convencido que las acciones producían pensamiento y resistencia. Herder, ese filósofo alemán contradictorio, profundo y fundador —como lo afirma Isaiah Berlin—  del populismo, el pluralismo y el expresionismo ético. Y ahora cito a Victoria Camps de memoria: “Ninguna filosofía va a resolver los problemas de la sociedad o de la política; sucumbir a la tentación del profeta conduce al dogmatismo o al terror. Reclamar ciertos derechos significa exigir su defensa. Tener derechos no sólo en teoría, sino en la práctica significa tener la seguridad de que no serán violados y de que nadie atentará contra nuestras vidas poniéndolas en peligro.”

Si el párrafo anterior les parece una cantaleta monótona tendrán que recordar que esa seguridad que reclama y a la que alude la filósofa española está ausente en México, puesto que en varios estados del país, municipios, caminos públicos y grandes regiones de nuestra geografía la vida no está asegurada en vista de que los criminales de la más diversa índole amenazan la seguridad de la vida. Si se carece de la confianza que da el sentirse protegidos y cuidados por los diversos gobiernos entonces, simplemente, no tenemos nada.

Pueden construir aeropuertos, dar discursos a favor de los pobres, obsequiar despensas, producir empleos, hacer crecer la economía y aún así no han hecho nada, al contrario: sólo aumentan la contradicción y el absurdo. Es por ello que yo, tratándose de los partidos políticos, soy escéptico, no me afilio completamente a ninguna causa, cultivo la desconfianza y, como Vico, espero que las acciones respalden e incluso sustituyan su pensamiento, que los buenos actos precedan a sus grandes lenguas, que peleen por el derecho que posee cualquier persona a la libertad, a la igualdad y a la vida. Sí, sé que lo saben, pero…

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Insolencia literatura y mundo...

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