A la decisión de cancelar el aeropuerto de Texcoco, el presidente electo López Obrador le dio enorme relevancia como mensaje político de lo que será su gobierno.

No sólo está mandando señales de que el poder político estará por encima de los intereses económicos privados, está dejando sentir que todo se tiene que someter a la voluntad del presidente. Tres muy claras:

1.— La consulta, que hoy ya muchos consideran irrelevante, es la primera señal ominosa: no se trata de que “tuvo errores pero es perfectible” ni de que ”antes no preguntaban, es preferible así”. No, es clarísimo: no fue una consulta. Fue una maniobra política pensada, planeada y ejecutada para dar el resultado que quería el presidente electo. Los municipios elegidos con toda intención, la organización en manos de “voluntarios” del partido, el engaño de que el nuevo equipo gobernante sería imparcial. Toda una movilización política para obtener un resultado aplastante a favor de Santa Lucía, cuando todas las encuestas —las mismas que le auguraron el triunfo que se confirmó el 1 de julio— recogían que la preferencia general de los mexicanos era exactamente al revés. Aplaudirle por consultar es obviar esa perversión de la democracia directa. Bienvenida la democracia, pero sometida al presidente.

2.— Dice respetar la libertad de expresión, pero a quien la ejerza y lo critique, lo descalifica, lo acusa de ser corrupto, tener intereses, ser conservador o cualquier otra cosa que rinde su prolífica imaginación. Le parece lamentable que la prensa diga que va a haber reacciones de los mercados, es decir, ni siquiera es contra la opinión crítica, sino contra la simple tarea de informar datos y hechos. “No están a la altura de las circunstancias”, dice. Quien disienta del presidente será corrupto, enemigo de México, conspirador. Y lo extiende a la sociedad: los que se oponen a la consulta son corruptos, les gusta el autoritarismo. El mensaje es: pueden disentir, pero se atienen a las consecuencias. Si se someten al presidente, todos son bienvenidos.

3.— Tomada la decisión de cancelar Texcoco, también generaliza en sus acusaciones. Los que se oponen a la cancelación son corruptos. Y a los contratistas e inversionistas los acusa, de manera general, de tener intereses inmobiliarios en los terrenos del actual aeropuerto y dice que así se combate la corrupción. Pero al mismo tiempo, les nombra una comisión para tranquilizarlos y les ofrece continuar como contratistas del gobierno trasladados a Santa Lucía, o a otros. No se trata entonces de aplicar la ley si detecta casos de corrupción. El punto es claro: no es la ley ni la protección ecológica ni la economía ni nada. Es: se someten al presidente y les irá bien. No se someten y les irá mal.

¿Quién manda aquí? En la primeras señales todo apunta a que la ley, la democracia, la economía, las libertades, se someten al presidente. Buscarle ángulos positivos a la consulta, al ideal de separación del poder político y el económico (con el contratista Riobóo en calidad de asesor estrella y el empresario Romo como mandamás de la Oficina), y a su derecho a “debatir” con la prensa es consentir un arranque inequívocamente autoritario.

SACIAMORBOS. No olvidemos que los de Adriano son consejos de un emperador.

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