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11/07/2018
01:50
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Muchas cosas han cambiado desde que tengo memoria en lo relativo al relevo del poder en el ámbito de la cultura. A una sociedad más exigente y participativa corresponde mayor transparencia.

En el sector cultural, por primera vez llegamos a las elecciones con información acerca de los proyectos de cada partido en la contienda y el nombre de quién los encabezaría en caso de ganar. El tema de la política cultural se debate en libros como ¡Es la Reforma Cultural, Presidente!, en la radio, en suplementos culturales y revistas (este mes Letras Libres le dedica la portada y gran parte de su contenido en interiores). Los cineastas recurren a las redes sociales para exponer sus demandas y necesidades… Hay diagnósticos, exposición de ideas y propuestas.

Alejandra Frausto, la futura secretaria de Cultura, ofreció entrevistas a los medios, se reunió con diversos grupos del sector para exponer su programa, participó en los debates públicos y presentó formalmente un documento con los ejes y líneas de trabajo de la alianza Juntos Haremos Historia en el Claustro de Sor Juana el 19 de junio. Me informan que el documento se profundizará en los próximos meses, pero en el proyecto se presenta, entre los “temas prioritarios”, el titulado “De la cultura del poder al poder de la cultura” y versa sobre la transformación de Los Pinos en “uno de los complejos culturales más importantes de Latinoamérica”.

El discurso del proyecto, en boca de Alejandra Frausto, ha hecho hincapié en el poder de la cultura como eje de transformación social. En el tema del nuevo uso de la que fuera casa del Ejecutivo desde Lázaro Cárdenas, el tono grandilocuente remite a otras épocas: “Las 60 hectáreas de la Residencia Oficial de los Pinos se convertirán en uno de los complejos culturales más grandes del mundo”. En la página que se abrió en Internet, Los Pinos para todos, se lee: “Los edificios que contiene la residencia oficial hoy se van a convertir en: ¿Un cine dedicado a los niños? ¿El espacio de la diversidad? ¿Una colección del patrimonio cultural vivo? ¿Una sala de conciertos? ¿Una biblioteca en un árbol?”. Luego de estos ejemplos, Morena invita a que la gente participe con un “Ahora te toca a ti: ¿Qué quieres que incluya el complejo cultural más grande del mundo?”.

La muy respetable sencillez en la vida personal de Andrés Manuel López Obrador, la austeridad que propone para la vida de los demás funcionarios de gobierno y el cuidado y seriedad con las que se elaboró el proyecto cultural de Morena contrastan con la insistencia en el calificativo “más grande del mundo”.

Me asomo a la página. La diversidad de propuestas ciudadanas es amplia y va, desde un museo de la música, una ciudad de las humanidades y las artes, centros de divulgación científica y tecnológica y espacios para la creación artística, a la sugerencia de que se destine parte del espacio a un albergue para los damnificados por los sismos de 2017, que sobreviven en tiendas de campaña en la calle, o para la reproducción de especies endémicas de la ciudad de México.

En lo personal, coincido con Jimena Torre cuando se pregunta: “¿Por qué todos los proyectos en México tienen que ser mega?” En una zona rodeada de museos, teatros, auditorios y galerías ¿es necesario un complejo cultural más y un pozo sin fondo de inversión? Como ella, otros participantes de la encuesta defienden la conservación de ese espacio como área verde, para atender las necesidades naturales del bosque de Chapultepec y, si acaso, adaptar un pequeño centro de investigación y conservación del medio ambiente en los espacios ya construidos en los Pinos.

El jardín ofrece un vínculo con la naturaleza, con el silencio y la serenidad, un espacio de convivencia. Un buen jardín, decía Ferdinand Bac, “contiene en sí mismo al universo entero”. ¿Nos podemos dar ese lujo?

 

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