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| ‘El Torito’, van de la amabilidad al soborno |
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Icela Lagunas
El Universal Lunes 22 de diciembre de 2008 |
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icela.lagunas@eluniversal.com.mx “Nomás me tomé una cerveza. Le juro que no vengo borracho. Ahí le doy pa’ los chescos mi poli, écheme la mano. Esto es una injusticia. ¡Exijo que venga mi abogado!”. Es la historia de la transformación que viven decenas de hombres y mujeres detenidos por el alcoholímetro. De la amabilidad a la negación, de ahí al intento de soborno y luego al total conocimiento de las leyes. La barandilla de los juzgados cívicos de la capital se convierte por la noche y madrugada en el gran confesionario en el que médicos, policías y personal de los juzgados cívicos escuchan las historias más increíbles e inverosímiles capaces de hilar en medio de una borrachera. “No sabe con quién se está metiendo, nada más déjeme hacer una llamada y verá”, es una de las estrategias más usadas por el que se cree influyente. Otras más apuntan al terreno de lo personal: “Si me divorcio será su culpa, ehh”, “mañana me caso”, “si no llego a trabajar me corren”, “estoy muy enfermo, no puedo permanecer aquí”, cuenta entre risas personal de juzgados. EL UNIVERSAL realizó un recorrido en el Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social, conocido como El Torito, donde uno a uno llegan los conductores que fueron sorprendidos por el programa Conduce sin Alcohol cuando manejaban en “estado inconveniente”. En esta temporada, un promedio de 40 a 50 personas son remitidas a dicho sitio diariamente, donde se cumple con el arresto inconmutable que aplica el juez cívico a los infractores que rebasan los niveles de alcohol permitido en la sangre para manejar. Este centro, único en su especie en la ciudad de México, tiene capacidad para 124 personas (72 en el área de hombres y 52 en la de mujeres) y depende de la Subsecretaría del Sistema Penitenciario. Las causas de ingreso en su mayoría son por infracciones a la Ley de Cultura Cívica, al Reglamento de Tránsito y por desacato a un mandato judicial. Los arrestados sólo permanecen un máximo de 36 horas en esta institución y los que de ahí salen, al cumplir su arresto, maldicen el lugar y el momento en que cayeron en el punto de revisión del alcoholímetro. Otros se ríen. Unos más pagan el amparo tramitado por los coyotes. De las camas de piedra, cobijas viejas, pestilentes y la mala comida, se queja la mayoría, sin omitir que sufren “la cruda”.
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