![]() |
| Un viaje en la ‘tiendita anaranjada’ |
|
El Universal Miércoles 22 de octubre de 2008 |
|
|
|
Dos esperan en el andén, mientras un tercero sube al convoy, próxima salida a Tasqueña, se acomoda sobre la panza la mochilita negra del tamaño de una torta, se hace hueco entre veintitantos pasajeros metidos en el pasillo, y deja que a “Camilo Sextooo, damita, caballero” le estalle la garganta: “Jamás, jamás he dejado de ser tuyo”. La tiendita anaranjada sale de la estación San Cosme. Ya son las 9:33 horas de la mañana número 12 mil 54 desde aquel accidente en estas mismas vías. Al hombre del abdomen prominente, la barba sin rasurar, camiseta blanca que dice “¿Me das?”, piel color chicharrón, lo único que parece importarle son los pesos que pueda recibir por el talento de Camilo. “Diez pesos le vale, 10 pesos le cuesta”, grita el gordo con una voz tan grumosa que algunos que van parados hasta se ladean cuando se arrima, sortean la curva del tren, lo ven pasar sin inmutarse y llegar hasta el final del carro con dos monedas más en su mochila. Justo entonces empieza el canto de otra vendedora. Es el Sistema de Transporte Colectivo-Metro del año 2008. El carro, casi lleno, se medio vacía en Hidalgo. Junto con la decena de personas que entra, se cuela el olor de dos pizzas con queso. Junto con la docena que baja, no acaba por irse el ruidero. Apenas el carro entra en el túnel, cuatro chamacos con uniforme de secundaria empiezan a gritar que “ahí viene”, y luego se golpean unos a otros en las nucas porque no era cierto. ¿Qué ocurre en el Metro la mañana del 20 de octubre después de 33 años? Transita el “Hit Parade” con “Brisny Spis” a la cabeza, un hombre lee un periódico deportivo y le mienta la madre a un tal ¿Hideker?, un sordomudo deja una tarjetita de corazón en seis rodillas cercanas. Una mujer morena saca de su bolso un rimel negro y entre Allende y Zócalo embellece sus pestañas. Un ruido entra de afuera: un convoy pasa. Justo cuando el tren deja Zócalo, otra vez los cuatro chavos comienzan a gritar, “ahora sí viene”, se paran frente a la ventana y de repente una galería de fotos los sorprende entusiasmados, publicidad en forma de tantos cuadros por segundo, qué gusto les da a los chamacos. El Metro, un transporte, también es un changarro. Cuando el tren sale a superficie, el vagón lleva no más de 20 personas. En Chabacano es hora de caminar hasta el primer vagón y ver lo que un conductor debió mirar una mañana. Apenas ascender unos metros de la loma, ya es perfectamente visible el tren que está en Viaducto. Ya son las 9:39 en punto, pero es mejor olvidarlo, como hacen todos.
|
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |