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| Su vida nunca volvió a ser igual |
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El Universal Lunes 20 de octubre de 2008 |
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En la Unidad Fovissste Miramontes, a Benigno Sánchez Mejorada se le conoce como “don Beni”, el sobreviviente del trenazo del Metro en 1975, porque aquella mañana de lunes, hace 33 años, su vida dio un vuelco. “Yo vivía en la calle de Uruguay, estudiaba en la Preparatoria donde estudió Jacobo Zabludovsky. Yo conozco a Jacobo, éramos amigos. Yo era juez de atletismo en los Panamericanos, iba a las competencias en Ciudad Universitaria y me subí al Metro en Pino Suárez, pero ese día se suspendieron las competencias”, dice el hombre. Ni intenta detener el borbotón de palabras, de ideas como salmones que le brincan de la lengua. “Yo era un atleta. Jugaba basquetbol, jugaba atletismo, maratones, me echaba mis cascaritas con Evanivaldo Castro Cabinho”, dice mientras sale de sus territorios, convencido de ir a visitar la estación Viaducto del Metro, el lugar donde una mañana como hoy muriera tanta gente: “No me da miedo, yo sí me subo al Metro”. Don Beni tiene una sonrisa que dibuja apenas unos cuantos dientes en su sitio. Por ahí salen decenas de anécdotas que se superponen, se entrecruzan para que él haga una gran síntesis de su vida: “He sobrevivido a muchos accidentes”. El que ahora nos ocupa le ocurrió en el tren número 08 del Metro, línea 2, dirección Tasqueña, a las 9:40 de la mañana de aquel octubre, pero lo que recuerda, al menos lo que puede contar sin atropellarse, es más bien poco: “Un pasante de medicina me pidió de favor que llevara yo a una mujer herida a un hospital de maternidad que está aquí enfrente. La llevé al hospital, iba sangrando, estaba descalabrada, y luego llamé a sus familias”. ¿Y qué sintió aquella mañana? “Pues sentí un poco de escalofrío, voy a ser sincero, ver tantas patrullas y ambulancias, pero de hecho yo nunca he tenido miedo de nada”. “¿Y cómo dieron conmigo?”. La respuesta: su amigo Sandro habló de él en el ciberespacio. Lleva su mente a otra anécdota: “Los primeros días sí estaba espantado, para qué voy a decir que no, alguien que diga que no tiene miedo está mintiendo, pero después ya se me pasó”, dice. Sólo él sabe por qué. —¿Y emocionalmente lo afectó? Sus amigos cuentan que, a raíz de ese accidente, quedó mal. —¿Mentalmente? No. Yo soy más fuerte que eso. Me salvé porque esa mañana vi a un amigo que conocía de la primaria. Cuando a uno le toca, le toca, ¿no? A la muerte no hay que tenerle miedo. De debajo de su ropa, don Beni saca un collar de mecates blancos y grises del que pende una botella con la figura de la Virgen de Guadalupe, a medio llenar de agua bendita en alguna iglesia de su rumbo. “Es mi manda, nunca me la quito. Ella me acompaña cuando subo al Metro”. Ahora don Beni hace mandados, ayuda en mudanzas, acepta cualquier chamba para aportar a su familia que lo cuida y le ayuda con las medicinas siquiátricas que le suministran cuando lo necesita para estar en paz con sus recuerdos.
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