‘Torea’ a diario por su banqueta
Jorge Alejandro Medellín
El Universal

Sábado 08 de marzo de 2008



jorge.medellin@eluniversal.com.mx

Cristina Maya lleva el mapa de la vida en su piel, curtida por el sol y la lluvia de 30 años de ambulantaje, de torear en la mítica calle de Regina a policías, granaderos y competidores —hombres y mujeres— con los que ha tenido que agarrarse a golpes para conservar el pedazo de banqueta que le da de comer y vestir.

Este sábado de Gloria cumplirá sus primeros 26 años como torera a las puertas de la Plaza Regina, sobre la avenida Pino Suárez.

En el antebrazo derecho, entre la muñeca y el codo, lleva la imagen de la Santa Muerte que la ha librado de todo mal, comenzando por la corretiza a balazos con la que hace casi cuatro años quisieron quitarla del portal en el que atiende dos puestos.

Sigue viva y partiéndosela cada día, desde las seis de la mañana, para ayudarle a su hermana a vestir a sus dos hijos, llevarlos a la escuela, regresar a hacer quehacer de su departamento que comparte en el 126-9 de Regina y después irse en friega a Circunvalación para surtirse de calcetas, peines, peinetas, prendedores, diademas, zapatillas, sandalias y bisutería.

De regreso tiene que ordenar y dirigir a las 130 mujeres mazahuas de la organización San Juan Pueblo Nuevo A.C. que representa.

Además de las mazahuas, hay mujeres de Puebla, de la tercera edad y madres solteras a las que ha recibido y conseguido un espacio.

Pero hace años, en 1973, cuando Cristina había cumplido los nueve años, comenzó a enfrentar la vida en la calle con lo básico, vendiendo pepitas y cacahuates.

Era algo natural, aprendido, porque así fue como empezó su madre —hoy de 78 años y aún torera— a sobrevivir también en las calles.

“La comida era buena, se vendía bien, todos compraban, pero desde 1987 o más adelante, el negocio se cayó porque esto comenzó a llenarse de comerciantes por todos lados y las calles se llenaron y la gente dejó de comprar comida y comenzó a comprar de todo”.

De cejas depiladas, pintaditas en rojo y piel morena tostada por el sol, Cristina deja ver en su sonrisa tres dientes con coronas de oro.

Tal vez sea parte de los recuerdos de niña, porque cuando estaba pequeña su sueño mayor era ser doctora o más bien dentista, dice. “Sí, dentista, eso quería ser pero como mis hermanas dejaron de estudiar para trabajar y ayudarle a mi mamá, pues yo hice lo mismo y nada más, acabé la primaria”.

Nació en la calle de Mesones, a tres cuadras del sitio en el que se ha movido por años y del que no tiene pensado moverse jamás. Llegó a vender a Pino Suárez cuando la avenida “no estaba tomada, cuando uno podía vender en las banquetas y en los portales, hasta que comenzó la invasión y los líderes empezaron a amenazarnos y golpearnos para que nos quitáramos, pero ni madres... aquí nací, aquí he vivido y este es mi sitio”.

Invierte hasta mil 500 pesos en mercancía, de la cual sólo recupera cerca de la mitad. Con eso está hecho su día. Lo demás, debe reciclarlo para surtirse de nuevo.

Orgullosa de su origen, de lo que hace y de ser mujer, está y convencida de que este pedazo de la ciudad es su tierra.



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