Cansados, pero contentos con su liberación, 107 personas que permanecían en condición de esclavitud en el anexo Los elegidos de Dios, se recuperan de lo que califican como “una pesadilla”.
Miguel Ángel, de 26 años; Efraín, de 36; Juan Carlos, de 44, y Juan, de 81 años, fueron capturados al interior de la Central de Abasto (Ceda).
Todos trabajaban y ninguno era adictos o alcohólico. Tres de ellos ya habían escuchado de la existencia de dicho anexo, y de que una camioneta levantaba a viciosos de la Ceda para encerrarlos.
—¿Cuándo y cómo te detuvieron?
—Fue hace tres meses, cuando estaba trabajando como cargador—, recuerda Miguel Ángel.
—A mí me agarraron luego de estar cargando de mercancía un camión. Ya iba hacia mi casa, estaba esperando mi camión y varios hombres me agarraron, y con todas sus fuerzas me aventaron a un microbús— es el recuerdo del hombre con más edad que fue liberado el jueves.
El 11 de noviembre fue secuestrado, no obstante de sus 81 años, y de que no toma ni es drogadicto. El caso de Efraín no es distinto, también descargaba mercancía de los tráileres para un bodeguero.
—Iba a enseñar una sandía a mi patrón, eran como las cuatro de la tarde cuando ocho sujetos me agarraron y me subieron a golpes a una camioneta de color rojo. Hubo varios testigos.
Él ya sabía que era buscado por gente de Los elegidos de Dios pues otro trabajador de la Central de Abasto se lo había advertido tiempo atrás.
—Yo tenía miedo y me iba a esconder a los sótanos de las bodegas para que no me encontraran.
El Águila, un vigilante de la Central de Abasto, fue quien lo señaló con la gente del mencionado anexo.
Al igual que Efraín, Miguel Ángel y Juan Carlos también saben que quien “los ponía” era El Águila.
A cambio recibía dinero.
Juan Carlos, oriundo de Oaxaca, fue detenido por un falso policía, que resultó ser uno más de los anexados.
—Yo estaba cargando mi propia camioneta cuando me agarraron. Les dije que no era adicto y me contestaron que al día siguiente me harían un análisis de sangre para ver si era verdad. Al otro día me obligaron a firmarles un papel que no supe qué decía, porque no se leer.
Zanahorias hervidas en mal estado, era una de las comidas más constantes que recibían, y agua caliente a modo de té con pan duro para acompañarlo.
Estar parados de pie durante tres días y tres noche fue el suplicio vivido por Efraín, mientras que a Miguel Ángel lo golpearon, a don Juan lo encobijaban, amordazaban y amenazaban con matar y tirar su cuerpo lejos.
Juan Carlos fue amarrado a un pilar, azotado y pateado varias veces, para obligarlo a someterse.
El mismo jabón, zacate y toallas eran utilizados por todos, sin considerar que uno tenía lepra y otro viruela.
En el lugar había un hombre al que le daban ataques, y uno más, padrastro de unos detenidos, por su edad se desmayaba cada vez que lo castigaban con mantenerse de pie.
Ese hombre de la tercera edad, de nombre Rodolfo a pesar de ser familiar de uno de los llamados “padrinos”, también vivía esclavizado y ahora se encuentra en calidad de acusado.
Al igual que él, familiares de otros de los arraigados aseguran que también estaban anexados, incluso mostraron los recibos de pago, y aseguraron que no se les daba malos tratos. “Yo les pido que tengan huev...y que digan la verdad, lo que allí vivimos, y dejen de apoyar a los padrinos para que nadie más pase por esto, pero sí varios también son víctimas”, dijo Juan Carlos.
Los emborrachaban
Abacú Martínez de Los Santos, de 28 años, no puede olvidar el “infierno” que vivió en el instituto Santo Tomás, Los elegidos de Dios; dice que “el 11 de noviembre estaba en la Central de Abasto, dormido debajo de un árbol, cuando llegaron tres tipos y me agarraron, dos de los brazos y uno del cinturón”.
Al entrar al nosocomio me quitaron los zapatos, me dieron unas chanclas y nunca más volví a ver mis zapatos.
Describe que el personal médico les daban agua con alcohol o té para que “nos emborracháramos; nos obligaban a tomar alcohol del 96, comíamos verdura sin sal todos los días, en la mañana en la tarde y en la noche, nos emborrachaban, luego venía la cruda, y luego a trabajar en la elaboración de las pinzas, y bolsas y cajas de regalos”.
Según sus cálculos hacían 7 mil a 8 mil bolsas y cajas diarias, sin sueldo y sin el permiso de asomarse a la ventana.
“Un día le pasé un plato de comida a un compañero que tenía hambre, le regalé un poco de mi verdura picada y sin sal, y me aplicaron dos días y dos noches en el baño parado, no me podía ni sentar, ni dormir envuelto en vendas amarradas con cinta canela”.
A esa posición le llamaban “de tamal”, y dice Abacú que en ese estado permanecía el castigado hasta que se orinaba o defecaba debajo de las vendas, y encima llegaban y te reclamaban a gritos.
El diablero explica que si no obedecían las reglas los amenazaban con pasar a un grupo “más pesado, llamado el Último Amanecer... decían que se llamaba así porque si te quejas ya no amaneces”.
Al baño sólo podían ir 10 minutos y al hospital iban grupos religiosos y tanatólogos para adoctrinarlos cuatro veces a día, durante dos horas”.
Jesús Bravo, otro de los 107 liberados, cuenta que al cumplir tres meses en el anexo los dejaban ir, “te daban 10 pesos para que salieras, pero después te volvían a buscar para encerrarte de nuevo; nos quitaban los relojes para que no supiéramos que hora era.
Adentro hacíamos varios servicios como lavar los patios, picar verduras, acomodar la alacena, lavar los baños para los 130 internos que había. Si nos quejábamos, nos llevaban a otro sitio donde te aplicaban toques eléctricos”.
Dice que era guardia de seguridad privada y que un estaba un día afuera de su casa tomando un vaso de jeréz “cuando llegaron estos señores diciendo que yo era alcohólico y me ingresaron al hospital Santo Tomás”.
Un día, por asomarme a la ventana me propinaron varios golpes en la rodilla hasta que dejarme en cama; después me daban agua con alcohol o té con alcohol para alcoholizarme.
Nos decían que debíamos permanecer sentado o acostados, pero nunca de pie. Estuve enclaustrado dos meses como esclavo. “Yo pedí ayuda al hospital porque tenía problemas de alcoholismo, pero ya nunca me dejaron salir. Como yo no tengo un familiar que aporte la cuota de mantenimiento que piden me hacían trabajar sin sueldo, porque según ellos teníamos que pagar el agua, la luz y la comida que nos daban”.
El desayuno habitual era caldo de hueso sin sal, recuerda Manuel Francisco “y a quien reclamara por los alimentos lo castigaban y les hacían adoptar la posición del ángel: todo el día en un solo pie y con los brazos a un lado, o la posición de moto: todo el día inclinado con el cuerpo hacia delante.
Llegué a hacer 22 bultos de pinzas en un sola jornada de 10 horas de trabajo. No podíamos hablar en los dormitorios, añade Felipe, ni entre nosotros; si lo hacíamos nos daban latigazos o nos bañaban con agua fría.
Ni radio ni televisión. ¡Cero voces... es una orden !” son las palabras que Felipe recuerda de sus 60 días de encierro.
En este lugar había un menor de 13 años, al que hacían trabajar todo el día , y le daban agua con alcohol.