df@eluniversal.com.mxEn un corporativo debe cuidarse ante todo la imagen, y no sólo depende de la apariencia personal sino también del lugar donde se asiste a comer.
Por eso, Manuel se ruboriza al ser entrevistado. Este hombre moreno, de estatura mediana, quien viste un saco beige y pantalón verde olivo, camina apresurado y en una de sus manos lleva una bolsa con tres topers.
Este oficinista no quiere que sus compañeros se enteren de que no le alcanza para comer en algún establecimiento de los alrededores de la glorieta del metro Insurgentes. “Van a pensar que soy un muerto de hambre”, agrega Manuel.
Tiene 47 años, y por eso cuida su imagen a toda costa y evita que se sepa que come lo que le prepara su madre en casa, porque podría ser usado para el escarnio. Ser oficinista y no tener dinero para una comida corrida en una fonda, o por lo menos para unos tacos, tortas o garnachas en la calle, no es bien visto en su ambiente laboral.
Ni siquiera en tiempos de crisis.
“En el trabajo te empiezan a ver mal, por la edad, por cómo te vistes y por lo que tienes”, dice Manuel, mientras acelera el paso sobre la avenida. El tiempo para comer se agotó, debe regresar a su oficina, los tres topers han quedado sin restos de comida, Manuel los limpió. Así no despierta sospechas. “Si no los limpio hacen mucho escándalo y los compañeros se dan cuenta de que ando cargando el itacate de mi casa”.
Con esa frase da por concluida la charla, y se pierde en dirección sur de esa ruta de la ciudad, cerca de la calle Durango, en la colonia Roma.
Cuentos de la crisis
La historia de Víctor, Raúl y Martín puede parecerse a la de Los tres Mosqueteros porque son todos para uno y uno para todos a la hora de comer. Visten corbatas discretas, se esmeran para que su apariencia corresponda a la de ejecutivos y no les gusta ser vistos por sus campañeros del banco mientras comen en la calle en topers.
Por eso, al elegir el sitio para comer, pareciera que recorren el laberinto de la Reina de Corazones, como en el cuento de Alicia en el país de las maravillas. Para ahorrar, establecieron un rol: cada uno lleva al menos un día de la semana la comida en dos recipientes de plástico.
Ni Raúl ni los demás quieren revelar sus nombres por temor a que el resto de los empleados de la sucursal bancaria se enteren de sus hábitos. El riesgo, dicen es no poder escalar en su nivel socioeconómico. “Tenemos aspiraciones para escalar y ser altos ejecutivos”, argumenta Raúl, quien quiere dejar e ser cajero y subir a gerente de cuenta. Sus compañeros lo avalan.
Víctor ya alcanzó la gerencia de Cuenta y ocupa un escritorio en la sucursal bancaria de avenida Juárez, pero eso no lo libra de llevar la ensalada, el pollo asado y la sopa fría.
Los tres están en una banca a más de seis calles de su centro de trabajo, y en platos de plástico y con tenedores, comen de forma apresurada, porque por el momento el ir a un restaurante en Polanco, como hacen los altos ejecutivos, es sólo una aspiración compartida por los tres.