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Cementerios que la ciudad enterró

La modernización y el crecimiento urbano “se comieron” camposantos famosos; hoy, sólo los libros consignan su esplendor
Cementerios que la ciudad enterró

LA CAPILLA BRITÁNICA. El antiguo panteón inglés de Tlaxpana fue donado por México al Reino Unido en 1824; alberga al Centro Cultural Juan Ruiz de Alarcón. (Foto: )

Domingo 01 de noviembre de 2009 TEXTO VÍCTOR JESÚS MARTÍNEZ victor.martinez@eluniversal.com.mx • FOTOS YADÍN XOLALPA | El Universal
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La máxima “todos nos vamos a morir” incluye a los cementerios, los cuales también nacen, se desarrollan y fallecen.

El Distrito Federal tuvo grandes necrópolis que fueron devoradas por el crecimiento urbano. Los actuales habitantes de la capital realizan sus actividades diarias sin saber que el suelo que pisan fue en siglos pasados la residencia final de quienes habitaron esta ciudad.

En algunas las calles quedan algunas huellas de esas viejas ciudades de los muertos que fueron borrados por los vivos para dar paso a calles, viviendas, parques y edificios.

Los primeros camposantos

Los primeros cementerios de la ciudad de México, apunta Manuel Rivera Cambas en México artístico, pintoresco, monumental, se establecieron en los atrios de las parroquias, por lo que “había tantos panteones como templos”. Entre ellos : San Pablo, Santa Cruz Acatlán, San Fernando y San Diego.

Fue bajo el gobierno del conde de Revillagigedo, a mediados del siglo XVIII, cuando se decretó que los cementerios debían ubicarse extramuros de la ciudad.

Por cuestiones sanitarias y de crecimiento demográfico, desde entonces se planteó la idea de construir un cementerio general alejado lo más posible del centro urbano.

El primer sitio donde se buscó concentrar a los muertos de la ciudad de México fue el panteón de Santa Paula. Ubicado al norte de la ciudad, cerca del pueblo de Nonoalco, donde hoy se asienta la Unidad Tlatelolco, abrió en 1779 para recibir a víctimas de epidemias de cólera e inició operaciones formales cinco años después. En 1836 fue declarado cementerio general ante la falta de espacios que ya se registraba en los panteones vecinales y parroquiales de la capital colonial.

Santa Paula fue el cementerio “de moda” durante algo más de 25 años, donde los mexicanos de todas las clases sociales buscaban ser sepultados tras morir.

Era un lugar “agradable y bello”, uno de los paseos favoritos de los capitalinos, a decir de la marquesa Calderón de la Barca. Se extendía sobre lo que hoy es la colonia Guerrero. Su entrada se ubicaba muy cerca de la actual glorieta General San Martín. Según las publicaciones El mosaico mexicano y El museo mexicano era un lugar tranquilo con vegetación profusa; además, era un rico catálogo de arte funerario donde se reflejaban las obsesiones y tópicos propios de su tiempo.

Esta “época dorada” de Santa Paula duró poco: cinco años después de que fue declarado cementerio general, el entonces presidente José Joaquín Herrera decretó su clausura al presentar un estado de franco deterioro debido sobre todo a la saturación.

Sin embargo, Santa Paula, lo mismo que el resto de los cementerios de ese tiempo, fue clasurado porque estorbaba a los planes de crecimiento de la ciudad —emprendidos sucesivamente por los gobiernos de Benito Juárez y Maximiliano, y consolidados por el dictador Porfirio Díaz—, y las autoridades buscaban concretar de una vez por todas el proyecto del panteón general.

Así, el gobernador del DF, Luis C. Curiel, decretó el 20 de junio de 1869 la clausura y extinción definitiva de Santa Paula, y dispuso que los restos serían trasladados a nichos vacíos de los cementerios Campo Florido y El Pocito —actual panteón del Tepeyac, en la delegación Gustavo A. Madero.

La decisión de Curiel generó controversia pues se temió que al exhumar los cadáveres se desataría un nuevo brote de cólera. El gobierno del DF ordenó dos dictámenes a autoridades sanitarias: el primero al Hospital de San Hipólito y el segundo al Consejo Superior de Salubridad y la Comisión de Panteones. En el primero, el hospital se declaró incompetente para declarar la desaparición del peligro de una epidemia, y recomendaba, ante la duda, no hacer ningún exhumación.

El segundo dictamen consideró “poco probable” el riesgo de cólera, pero recomendó no construir nada en el predio del ex cementerio, dado que podrían desprenderse emanaciones peligrosas por las décadas que el sitio funcionó como camposanto.

Ante la urgencia por iniciar la urbanización de la zona, y tras dos años de enfrentar litigios por personas que se negaban que los restos de sus familiares fueran trasladados a otros lugares, finalmente Curiel decretó —el 15 de julio de 1871— que daba de plazo 15 días para vaciar de restos Santa Paula.

La zona se fraccionó y urbanizó rápidamente, constituyendo lo que hoy es la colonia Guerrero. Pese a que el Consejo Superior de Salubridad estipuló que en la zona no debían construirse casas durante por lo menos dos años, ni plantarse otra cosa que no fueran “vegetales que requirieran surcos de poca profundidad”, ninguna de las disposiciones se cumplió, ante la urgencia de vender los lotes de la nueva colonia: de inmediato se construyeron inmuebles habitacionales, y en sus calles se plantaron árboles. El último vestigio de Santa Paula, la capilla de San Ignacio de Loyola, que servía como frontispicio, sobrevivió hasta 1963, cuando fue demolido para ampliar Paseo de la Reforma hacia el norte.

Nombres sin recuerdo

Con el cierre de Santa Paula, los cementerios de Campo Florido y municipal de La Piedad fungieron como camposantos generales mientras se concretaba el viejo proyecto de abrir un gran cementerio general.

Campo Florido se fundó en 1846 a un lado de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores —que aún existe—, en el cuadrángulo que forman las calles que hoy se llaman Doctor Vértiz, Doctor Pascua, Doctor Andrade y Doctor Lavista, en la colonia Doctores.

Para cuando se cerró Santa Paula, ya estaba saturado, pese a lo cual recibió cadáveres hasta su cierre definitivo en 1878.

Por su parte, el viejo panteón municipal La Piedad se ubicaba justo enfrente de lo que hoy es el panteón Francés y la colonia Roma.

En esa década también se materializó al fin el proyecto de construir un panteón general para la ciudad de México: el Civil de Dolores, en 1875, que aún está en servicio. Con ello se clausuraron en definitiva el resto de los cementerios que quedaban, excepto los vecinales y los particulares.

De los viejos panteones parroquiales, aledaños a iglesias y conventos, sólo quedaron referencias en libros y diarios de la época, y fueron borrados para abrir nuevas avenidas. Cementerios como El Canelo, San Lázaro, Santa María la Redonda, Nuestra Señora de los Ángeles, Santa Veracruz y San Pablo —aledaño al templo del mismo nombre en la calle Topacio—, hoy no son sino nombres de los que apenas queda un recuerdo.

 



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