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Por sus colores parecen “cupido motorizado”; por sus condiciones físico-mecánicas, un “escarabajo” sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, y por su servicio, los taxis piratas de Cuautepec, en la delegación Gustavo A. Madero, son los dueños intocables de las calles.
Son decenas de vochos que circulan como taxis en la total ilegalidad pues no cumplen con uno solo de los requisitos que la Secretaría de Transportes y Vialidad (Setravi) ordena para dar este servicio individual de pasajeros. Habitantes y usuarios de la zona, incluso los mismos choferes, aseguran que los operativos en contra de este servicio irregular brillan por su ausencia.
Y cuando los hay, “el líder nomás les da su mordida a los inspectores y los dejan trabajar…; hay uno que se presenta como Carrillo y a otro le dicen el Torres”, cuenta una mujer que, por seguridad, pidió omitir su nombre pues su negocio está cerca de una de las bases en la avenida Guadalupe Victoria.
Identificarlos es fácil: les falta el asiento del copiloto y hacen base a la salida de tiendas de autoservicio, hospitales, escuelas, frente a las iglesias e incluso afuera de las rosticerías. Donde sea, no tienen registro alguno en la lista de las bases autorizadas por la Secretaría de Transportes en la ciudad.
Sin color ni documento
Contrario a la cromática dorada y guinda establecida para los vehículos que prestan este servicio de transporte, por la autoridad en mayo del año pasado, estos vochos taxis circulan con colores llamativos, chillantes, con llamas pintadas en el cofre y las puertas, faros de colores, calcomanías en el parabrisas y con los vidrios polarizados.
Aunque la mayoría son blancos, los hay también rojos, amarillos, verdes y azules. Pero el color no limita la oportunidad: mientras sea vocho, puede ofrecer el servicio. Tal anarquía se confirma con testimonios de los habitantes de la zona: “Un día mi papá iba en su VW rumbo a la casa y le hicieron la parada sin que él fuera taxi”, dice Toño, estudiante de bachillerato en la zona de Cuautepec.
Y es que los usuarios ya no saben identificar cuál de los vehículos se dedica a esta labor.
Su ilegalidad también se nota en la falta de placas que empiecen con “A” o “B”, como las oficiales que otorga la Setravi. Las suyas son de autos particulares del DF y del estado de México, incluso de Michoacán. Algunos de plano no llevan matrícula.
Tampoco cuentan con licencia-tarjetón para dar este servicio —algunos conductores son menores de edad—; su mejor identificación pueden ser sus tatuajes, su peinado teñido y la música a todo volumen desde fuera de sus vidrios polarizados.
No tienen póliza de seguro para el pasajero ni por daños a terceros, y ni siquiera los amparos que venden algunas organizaciones de taxis piratas para circular. Para su actividad impune, no los necesitan.
“¿De a cómo la dejada?”
Otro de los elementos que hace piratas a estos vehículos es la falta de “copete” y letrero que digan las palabras “taxi” y “libre”.
Tampoco llevan el taxímetro que marca la cantidad a pagar de acuerdo con la distancia y el tiempo a bordo de la unidad, como sucede con los autos legales.
La falta de este último deja a los choferes la libertad absoluta de cobrar lo que ellos quieren. “Normalmente la dejada es de 10 o 15 pesos, depende a dónde vayas”, explica Raúl Noria, quien conduce un Volkswagen Sedán azul con placas del estado de México, el número 30 en su tablero y un rosario que cuelga del espejo retrovisor.
Sin embargo, de la iglesia de la colonia Guadalupe al Reclusorio Norte, a no más de cinco minutos de distancia, el conductor cobró 25 pesos por dos pasajeros.
Sin autoridad de por medio, el costo del viaje puede depender del estado de ánimo del conductor: “Una vez iba con mis amigos saliendo de la escuela y nos cobró 10 varos por todos los que entráramos en el coche, así, de cuates”, recuerda Toño.
Su servicio es rentable pues tienen clientela segura. Sus viajes son exclusivos de Cuautepec, principalmente en las colonias El Carmen, Ahuehuetes, El Bosque, Arbolillo, Forestal y La Brecha, además de los alrededores del panteón y del reclusorio. No van más allá de la zona para evitar que los pare la policía o algún inspector de la Setravi.
“Nosotros sí subimos al cerro”
Cuautepec, en la delegación Gustavo A. Madero, es una de las zonas más marginadas de la ciudad. Se formó poco a poco con invasiones en zonas ejidales y de reserva ecológica cerca del cerro del Chiquihuite.
En sus calles abunda el comercio informal. En temporada de lluvias, los habitantes padecen las inundaciones, y siempre hay mucha actividad pues ahí se encuentra el Reclusorio Norte, uno de los más sobrepoblados de los tres que existen en el Distrito Federal.
Sus calles inclinadas y angostas hacen imposible el tránsito de microbuses y autobuses que lleven a los pobladores a sus casas.
Y aunque en la zona también circulan taxis de servicio regular, éstos no les disputan el pasaje a los vehículos piratas.
Raúl Noria, ingeniero civil de profesión graduado por el Instituto Politécnico Nacional, explica: “Los regulares no se quejan de nosotros porque saben que ellos no suben al cerro porque sus coches son nuevos, acabados de pintar, y a veces con la lluvia no suben, se les friega el motor o no se quieren arriesgar a que allá arriba se los roben”.
La ventaja, continúa, “es que nosotros vamos a donde nos digan, nuestros coches sí aguantan. Llueva, truene o como esté, nosotros trabajamos”. Con estas “reglas” de operación, el vocho que conduce le ha “dado de comer durante seis años”, lo renta por 180 pesos al día. Después de sus 18 horas tras el volante, según sus cuentas, su ganancia es de 200 pesos en promedio. Por esa cantidad han tenido que pasar “topes” muy altos. Los golpes que tiene el parabrisas del auto que maneja “son balazos”, presume, y asegura que tiene dos cicatrices que en su oficio de chofer y en medio de dos asaltos, le han tocado entre las calles del barrio de Cuautepec. Tierra de los taxis piratas.