Aquel viejo proverbio que asegura que la grandeza de un pueblo se refleja en el trato hacia los niños y los ancianos, no ha conmovido a muchas familias capitalinas, pues las denuncias de violencia en contra de personas de la tercera edad han sido un tema común en las instancias responsables de impartir justicia desde hace varias décadas.El tema fue ignorado por mucho tiempo, y uno de los primeros antecedentes fue publicado a mediados de los años 30 por el médico Óscar Mendoza, quien tenía a su cargo las consultas generales de varios asilos de la capital, y fue testigo de las deplorables condiciones en las que llegaban algunos adultos mayores después de haber compartido el techo con sus familiares, quienes por sus achaques lo hacían víctima de malos tratos físicos y verbales. Aparte de la desnutrición y el poco aseo personal, el galeno apuntó como rasgo común los innumerables moretones y heridas que en su opinión eran prueba de una violencia sistemática en sus hogares.
En 1936 se publicó también una nota periodística sobre ingresos al manicomio, especialmente al pabellón de seniles, donde la situación de muchos ancianos no correspondía a ese perfil. Aun en su sano juicio, muchos habían sido abandonados por sus familias o llegaban por su propia voluntad, huyendo de las golpizas caseras. Años después, durante el sexenio del presidente Adolfo Ruiz Cortines, el tema de la violencia contra los ancianos fue denunciado a gran escala cuando se supo que en un asilo las encargadas de una orden religiosa, propinaban golpes constantes con una vara a los internos desobedientes. Durante la década de los años 60 se estableció un protocolo no oficial para el cuerpo de médicos familiares de las clínicas de salud pertenecientes al Estado, el denunciar heridas sin explicación y hematomas sospechosos en niños y ancianos que fuesen auscultados.
Sin embargo, con el crecimiento poblacional y las clínicas saturadas de pacientes, pocos médicos siguieron aquel reglamento, además de que las lagunas legales se convertían en el amparo de los familiares golpeadores, mismos que desviaban cualquier averiguación mencionando la consabida caída por parte de su “atarantado viejito”.
Una década más tarde, aunque las estadísticas sobre este problema social continuaban siendo inexistentes, sí se añadió un dato macabro a la cruz de los ancianos golpeados; según informes de la policía, éstos representaban las primeras víctimas de los asaltos en vía pública y en casa-habitación. El doctor Augusto nos escribió para narrar los muchos casos de ancianos con extrañas heridas que llegan a su clínica. Incluso presenció el caso de unos sobrinos que propinaban zapes a su tío de 80 años por no escribir rápido sus datos en el registro. ¿No sería conveniente crear una Procuraduría independiente, especializada en crímenes contra las personas de la tercera edad?