claudia.bolanos@eluniversal.com.mxEn un recorrido por el Reclusorio Norte (Reno) a invitación de las autoridades, EL UNIVERSAL constató, una vez más, el hacinamiento y falta de higiene en la mayor parte de esa prisión y su población penitenciaria.
Tal y como lo ha denunciado la Comisión de Derechos Humanos capitalina (CDHDF), el desaseo de varios internos, celdas y patios es evidente, no puede ocultarse. Huele.
En el dormitorio 8 hay mil 71 presos, aunque su capacidad es para 240; por eso es uno de los que más quejas ha generado, reconoce el director del penal, Fernando Alonso.
Las celdas tienen en promedio entre 15 y 16 reos, pero dos que se visitaron sobrepasan esa cifra. Una tenía 29.
Una de las peores zonas, por sucia, es el dormitorio ubicado en lo que antes fuera un comedor, a un costado del 8. El lugar permanece cerrado de día, y sólo en la noche se abre para ser utilizado.
El olor a sudor, orines y mugre cala más fuerte en esta zona repleta de literas de tres camastros de lámina, pero sin colchones.
La basura está por todo el suelo, donde en la noche duermen varios internos.
Dos jóvenes malolientes llegan de inmediato y se ponen a barrer, ante la mirada de los custodios y las autoridades que acompañan a los visitantes.
“Aquí se hace diario el aseo, pero como somos muchos, en la noche unos comen o hacen cualquier cosa y dejan la basura; pero sí limpiamos. La institución nos da cloro, jabón, lo que necesitamos”, explica uno a modo de justificación.
Problemas porla falta de aseo
El director del reclusorio comenta que no todo el trabajo debe ser de las autoridades penitenciarias, pues muchos reos carecen de hábitos de limpieza.
“Hay gente que no ha tenido acceso a una multiplicidad de servicios, a un proceso educativo. Nosotros observamos que se espera que la prisión haga aquello que la misma sociedad no pudo hacer en su momento; esperan que mágicamente alguien se readapte cuando los internos son producto de una historia y una sociedad determinada”.
El que algunas de las personas internas pidan a otras el bañarse diario, genera pleitos, agrega el funcionario.
A su paso, el director es interceptado por un hombre que le pide atención médica, la cual le han negado no obstante que padece una quemadura que le dejó expuesto el fémur de la pierna izquierda.
El recorrido se realizó por invitación de la Secretaría de Gobierno del Distrito Federal, luego de que este medio dio a conocer un video que muestra la forma en que son alimentadas estas personas en reclusión.
Durante la visita, el director del reclusorio destaca que ya se aplica el Programa de Dignificación de Alimentos, a cargo de la empresa La Cosmopolitana, que será la encargada de dar de comer a más de 40 mil internos de los 10 reclusorios de la ciudad.
A comer en charolas
Cuando el reloj marca la una de la tarde, el arroz con zanahorias y papas, el atún a la vizcaína, así como los frijoles bayos, están listos; los bolillos también.
Los alimentos son subidos a unos carritos de madera, y arriba de éstos, un reo la hace de conductor al hacerse cargo de un fierro que asemeja un volante. Otros dos internos lo empujan. Afuera de la zona de cocinas, varios presos ya esperan con sus botes de plástico o cacharros de lata.
Este día la comida va custodiada y nadie puede acercarse para tratar de llenar su recipiente por las malas y salir corriendo, como se acostumbra. El caldo va quedando a lo largo del recorrido del carrito que lleva la comida institucional o rancho, como le llaman.
En un patio se bajan las ollas con los platillos y una larga fila se forma enfrente.
Uno a uno, los internos de la fila reciben una charola con varios compartimentos para que les repartan sopa, guisado, frijoles, arroz, pan o tortillas, y postre (ayer fueron dulces macizos).
La cantidad parece menor a la acostumbrada, y es algo que se tiene previsto, así como el hecho de que los nuevos utensilios sean robados o vendidos.
Los presos hacen malabares por sostener la charola con el vaso con agua.
“Huyyy, qué poquito, con eso no se me tapa ni una muela”, dice un preso inconforme, pero la autoridad del reclusorio explica que la percepción “es pasajera”.