La víspera de la Nochebuena en la ciudad de México liberó del tráfico y el caos sus principales avenidas, pero abarrotó las tiendas de autoservicio, donde, al menos por un día, los capitalinos se olvidaron de la crisis económica.
A diferencia de los días normales, ayer las señoras estuvieron acompañadas por sus hijos y esposos, que empujaban el carrito mientras ellas miraban su lista para la cena.
“Ya llevamos la crema, las manzanas, las pasas. Faltan las nueces y la leche. Ándale, síguele”, dijo una mujer a su esposo, mientras él no sabía si bostezar de aburrimiento o seguir jugando con su teléfono celular.
Cuando pensaban que aquel martirio terminaría con el pago de la cuenta, su sorpresa fue mayor. “¿Aquí son las cajas rápidas?”, preguntó una mujer a otra que se distraía con una revista, en espera de que la fila de más de 30 personas avanzara aunque sea tres pasos.
Eran las 10 de la mañana y los más de 20 módulos para pagar estaban saturados en una tienda de autoservicio del sur de la ciudad.
A la entrada, un guardia se cansaba de repetir: “Ya no hay carritos, vaya a buscar uno allá afuera que se desocupe”. Mientras, adentro, entre el departamento de carnes y el de ropa de bebé había tres carritos vacíos y abandonados.
En el centro comercial Galerías Coapa la actividad inició más tarde, aunque no con menos entusiasmo. Un hombre gordo, de barba y cabello blanco, traje rojo atercipelado y fuerte risa, preguntó a una niña: “Hey, ¿qué te voy a traer en la noche?”, mientras se la sentaba en las piernas. Del susto por su risa, ella se olvidó de sus deseos y corrió llorando al lado de su papá.
Otras más coquetas trataban de guardar la postura mientras las peinaban en el salón de belleza. Luego, en otro lugar sus mamás harían lo mismo, aunque sería más tardado.
En otro aparador, un joven apuesto dudaba entre perfumes para regalar a su novia. Al lado, dos jóvenes se probaban suéteres para estrenar en la noche. A la salida, irónicamente, un señor repartía propaganda de una casa de empeño con “préstamos al instante”.
Un policía con grúa intentaba descongestionar la avenida Miramontes. “Aváncele, aváncele, no se puede estacionar aquí”. Ignoraba que aquella larga fila era sólo para entrar al estacionamiento.
Pocas veces visto en la ciudad, hacia la una de la tarde, los autos en el Viaducto y el Circuito Interior podían circular a velocidad moderada y los reclamos de los cláxones disminuyeron.
Ya con menos estrés, algunas familias llevaban a sus perros con la cabeza asomada por la ventana o los cuernos y la nariz de reno en toldo y cofre que se pusieron de moda del año pasado. Hasta las dos de la tarde aún no había caras de enojo y desesperación.
Por la mañana, la sala de espera de la Central Camionera del Sur se veía llena de capitalinos ansiosos de escapar de la ciudad aunque sea un par de días. Grandes bultos al lado de los asientos, cajas de cartón, maletas repletas y chamarras por si de regreso hacía frío.
Los destinos más comunes eran Chilpancingo, Cuernavaca y Coatzacoalcos. Hasta esta ciudad iba Silvia Hernández, aunque probablemente no abordó el autobús pues a las 09:30 horas un empleado de la central de Taxqueña le avisó que sus boletos eran para salir a las 10, pero en la Central del Norte. Con la cara blanca del susto, la mujer tomó sus maletas, llamó a sus cuatro hijos y paró un taxi esperanzada por atravesar la ciudad en menos de 30 minutos.
Otra historia sucedía en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Había poca afluencia y según personal de vigilancia “en la tarde-noche esto va a estar casi muerto”. No hubo gente corriendo ni coches entre maletas. Personal de vigilancia revisaba con más calma los belices y no se vio a gente enojada por el mal trato de los empleados.
En la sala de vuelos nacionales había más gente, aunque pocas eran familias completas. Los turistas extranjeros eran contados.
Al parecer, la mayoría se quedó en casa a tratar de pasar una Feliz Navidad, antes de tomar fuerzas para la última semana de 2008.