A don Roberto Silva se le puede hallar entre los autos que circulan por la caseta México-Cuernavaca. Su voz anuncia las novedades de los periódicos y revistas, que desde hace 20 años comercializa en ese sitio.
Él sólo es uno de los vendedores que a diario laboran en los alrededores de la caseta en espera de algún cliente, especialmente en temporada vacacional.
Aunque sus ventas no son las mismas de hace dos décadas, tiene fe en su trabajo, con el que ha sacado adelante a sus seis hijos. Oriundo de San Andrés Totoltepec, este hombre recuerda aquellos días en los que el panorama que ahora observa era muy distinto.
“Quince años atrás esto estaba lleno, pero ahora con las crisis que hay, la gente le piensa para pagar caseta y para comprar una revista”, dice, mientras sostiene sus productos.
Su jornada comienza a las siete de la mañana y acaba a las seis de la tarde. Para él, no hay días de descanso. A pesar de ello, espera continuar con su labor hasta que la vida se lo permita.
“De aquí va uno medio comiendo, llevando a los chavos a la escuela. Es poco a poquito”, asegura el comerciante.
Desde hace 23 años, Marino Galicia carga una pequeña caja de cristal con la que ofrece sus gelatinas.
Al preguntarle sobre sus ventas, exclama: “Están regulares, antes se vendía más; cuando se acababan las gelatinas, traía dulces. Ahorita no he acabado”.
Por ese motivo dejó de laborar diario y ahora sólo visita la caseta cada fin de semana. “Tuve que buscar por otro lado porque ya no es lo mismo. Antes salía para mantener a la familia; ahora ya no”.
Ante la escasez de clientes entre los automovilistas, ha optado por subirse a los camiones y ofrecer ahí sus postres.
Para vender sus productos, don Marino tuvo que sacar un permiso en Cuernavaca; sin embargo, las autoridades que administran la caseta “a veces nos corren, pero ahorita todo está bien”.
Grúas sin trabajo
Afectados por la compra de seguros para automóvil, los gruyeros que operan en las inmediaciones de la caseta, no han tenido una buena temporada.
David García Silva es uno de ellos. Su unidad se ubica a un costado de la carretera. Su historia no es mejor que la de otras personas que se mantienen económicamente de los automovilistas que a diario cruzan ese punto.
Ahora, la prestación del servicio “es variable porque muchos ya tienen su seguro y ellos mismos les proporcionan el servicio de grúas. Entonces, nosotros lo que esperamos es el accidente para poder recogerlos”, afirma.
Son 15 las grúas que actualmente yacen a lo largo de la carretera. Todas pertenecen a la empresa Grúas del Sur. Los precios por el arrastre van desde los 400 hasta los mil 200 pesos, según la situación. “Ponemos precios accesibles, para que tengamos trabajo y les convenga a los automovilistas”, explica David García, mientras continúa dentro de su grúa, en espera de alguien que requiera sus servicios.