A partir de este miércoles se acabaron los arrancones, perrear por el pasaje, los 300 pesos de la cuenta diaria y las fiestas a la Virgen de Guadalupe entre los choferes de microbuses desplazados por la línea 2 del Metrobús.
La sustitución de decenas de microbuses de más de 10 años de antigüedad por unidades biarticuladas, pondrá punto final a los asaltos, el estrés por el tráfico, el reguetón y la música de banda a todo volumen saliendo de bocinas forradas de peluche, entre ventanas de luces neón y estampas de san Judas Tadeo o la santa muerte.
Estacionados se quedarán en garajes o patios de alguna casa, o en los montones de chatarra que se venden por kilo al mejor postor.
Con Saúl, su bebé de apenas tres meses de nacido, Jonathan Hernández dejará su gusto por el volante en El Pichicuás, como llama de cariño a su unidad de la ruta 27 “porque ya está viejito”. Hoy ya planea juntar dinero para comprar un taxi o poner un negocio para mantener a su creciente familia.
También dejará los recuerdos violentos: “Una vez me asaltaron y me fueron a botar a Cabeza de Juárez. Me quitaron todo: dinero, estéreo, volante, y hasta la palanca de velocidades del micro se llevaron”.
El ánimo entre los choferes de las rutas 11, 27, 53 y 49 estaba tan abajo por la incertidumbre que les generó el Metrobús y que significa “su última vuelta” en esa ruta, que el pasado 12 de diciembre ya no hicieron fiesta a la Virgen morena. No hubo convivio ni bendición de microbuses “Este año ya nadie quiso cooperar, ¿para qué?”.
Amor y picardía al volante
En los más de 18 años que Alfonso Gómez ha manejado microbús, ha escuchado peleas de parejas, chismes y confesiones de alcoba:
“Me da risa, hay veces que se suben muchachas de secundaria platicándose sus cosas y sin querer te enteras. Una vez una señora le dice a una muchacha: oye no digas eso, esto no es para que la gente sepa y la chica contestó ‘qué, si quiere también le presto a mi novio’”, contó el que llaman El Doble Zorro.
Sereno, aunque con los ojos vidriosos por la incertidumbre de conservar su trabajo y la preocupación de mantener a los ocho de su familia, cuenta que en otra ocasión un matrimonio se iba peleando:
“Le dije ‘oiga, amigo, tranquilo, venimos mucha gente y son sus problemas’. La señora me contestó ‘a usted qué le importa, es mi marido y él puede hacer lo que quiera’”.
Alfonso ofreció disculpas y prometió no volver a entrometerse. “Son detallitos que ve uno del diario, pero te acostumbras”, dijo.
Pero a bordo de los microbuses de estas rutas no sólo hay gritos y malos tratos. También hay amor del bueno.
“Una vez una muchacha muy guapa se subió por el metro Coyuya, empezamos a platicar cada vez que se subía, era su ruta. Una vez la invité a salir; aceptó, y ya después se dio la relación. Hoy es mi esposa y tenemos un bebé que nació en marzo”, comentó Josué Pérez.
Con el mote de Fénix en el parabrisas de su microbús de la ruta 49, a sus 22 años, hay algo que lamenta de este oficio: “El PRD nos pidió mucho apoyo para estas elecciones que pasaron, nosotros los apoyamos con nuestras unidades a especiales, a mítines y todo; y lo primero que hicieron fue el Metrobús para darnos una cachetada con guante blanco”.