Sólo tiene 15 años, acaba de dejar la escuela pues lo corrieron por indisciplinado, trabaja vendiendo discos de “salsa, cumbia y bachata” en los vagones de la línea 9 del Metro, tiene miedo de decir su nombre y mira de un lado a otro, atento de lo que pueda pasarle.
Las preguntas lo distraen, por un momento inclina la cabeza y recarga su cuerpo en la pared de la estación, su jornada laboral, que comienza a las nueve de la mañana y termina a las 11 de la noche, con un descanso de dos a seis de la tarde, está a punto de acabar.
De repente alguien se acerca a sus espaldas y lo jala por la mochila donde carga su bocina, le arrebata los pocos discos que le quedan en las manos y lo saca del lugar.
Asustado mira a quien cree su agresor, tiene miedo, pues sabe que el delito que cometió se paga con la cárcel.
El policía encargado de vigilar los andenes y trenes de la red del Metro sonríe burlonamente y le pide una ‘mordida’ de 50 pesos y lo deja libre.
El rato de tensión ha pasado, el adolescente espera a que se vaya su capataz y vuelve a entrar a su lugar de trabajo para cumplir la cuota de 100 discos diarios y poder ir a descansar.