fidel.samaniego@eluniversal.com.mxSe cambiaron los papeles. Y en el viejo recinto, que alguna vez sirvió como teatro de zarzuelas y operetas o de pícaros vodeviles, los panistas adquirieron tonalidades amarillas y mostraron pancartas, se manifestaron a la manera de sus rivales políticos. Por su parte, los perredistas actuaron como los priístas del pasado, todo lo aplaudieron, todo lo justificaron, nada criticaron.
Y entre unos y otros, en patética minoría, sin provocar emoción alguna, los priístas intentaron adoptar el rol de mediadores, los del equilibrio.
Ahí, en lo que fue el escenario de aquel histórico Teatro Iturbide, Marcelo Ebrard mostró su nuevo rostro, el de la tolerancia, el de la conciliación. Cuando le llegaron los ataques del joven Jorge Romero Herrera, una combinación de orador del PAN, predicador de ranchería y merolico de plazoleta, el jefe del Gobierno capitalino, se rió con él... o de él, pero no abandonó la imagen de la serenidad, el temple.
Entre el público, en los palcos y en las plateas, la diversidad de actitudes. Lo mismo Porfirio Muñoz Ledo quien habló y habló por celular, que Manuel Camacho que contemplaba como maestro complacido a su discípulo Ebrard, que el rector de la UNAM, José Narro Robles, y su discreción, y Ana Gabriela Guevara, de tacón alto, como extraña ahí, como aburrida, en constante envío y recepción de mensajes por su iPhone.
Mientras tanto, afuera de la Asamblea, la porra, los que llegaron ahí desde la noche anterior. Ellas, ellos, quienes aclamaron a sus ídolos, a los integrantes del gabinete del jefe de Gobierno, y a Alejandra Barrales, y gritaron “¡Traidor!” a René Arce y a Víctor Hugo Círigo.
Una porra brava que insultó sin reservas, al presidente del Senado, Gustavo Madero y a la dirigente del PAN en el DF, Mariana Gómez del Campo, pero que dividió sus gritos cuando por esa especie de alfombra gris, la calle adoquinada pasó Enrique Peña Nieto. Para él, ofensas de unos, pero también de voces femeninas, expresiones como “¡Papacito! ¡Bizcocho!”.
El segundo informe de Marcelo Ebrard. El compareciente no portó ayer la corbata amarilla, se puso una de color negro. Llegó antes de la hora de la cita. Inauguró la exposición de fotografías sobre el movimiento estudiantil de 1968. Con su renovada conducta de convivencia pacífica, invitó a Gustavo Madero a que se acercara, bromeó con él: “Véngase para acá, aunque sea panista”. Un acto, éste, el de la inauguración, en el que muy emocionado, Salvador Martínez della Rocca evocó a José Revueltas, exclamó: “¡Ay Pepe, cómo te extrañamos en estas revueltas!”.
Y entró Marcelo Ebrard al recinto; en el palco de invitados especiales, entre otros, Guadalupe Loaeza, Elena Poniatowska, y el Director General de EL UNIVERSAL, Juan Francisco Ealy Jr.
Continuó la sesión. El jefe de Gobierno leyó un primer mensaje. Escuchó a los representantes de los partidos. Vio a legisladoras panistas que sacaban pancartas en su contra. Fue arropado por los aplausos constantes de los suyos.
Cuando la ceremonia terminó se apagaron los reflectores, en el salón quedaron los recuerdos de aquellas viejas representaciones, y el que fue ayer la estrella salió a la calle, levantó el pulgar de la mano derecha, no ocultó el gesto de satisfacción cuando los porristas le gritaron: “¡Se ve, se siente, Marcelo está presente!”.