fidel.samaniego@eluniversal.com.mxSí, ellos se van, siguen libres, continúan su carrera delictiva. Pero las víctimas quedan presas de las llamadas telefónicas, las amenazas de quienes las asaltaron, y permanentemente, del miedo, del recuerdo de esas voces, los gritos, las armas.
“Se me eriza la piel cuando revivo eso, o cuando escucho o leo de casos similares, parecidísimos, casi iguales”, escribió una lectora.
Ella conoció el pasado domingo, en EL UNIVERSAL, del asalto sufrido por una persona que abordó un taxi al cual se subieron poco después dos tipos en complicidad con el chofer. La llevaron a un cajero automático. Uno de los delincuentes sacó dinero de la tarjeta de débito. Se quedaron con su credencial del IFE, le dijeron que si denunciaba los hechos, se cuidara, pues ellos ya saben su dirección.
“Exactamente el mismo modus operandi. Probablemente algunos detalles mínimos, en mi caso los dos primeros minutos sí fingieron estar asaltando al taxista, pero me tardé 30 segundos en darme cuenta de que era un teatro armado. También me dijeron que eran rateros, no violadores. Y que mi vida les valía madres”m cuenta en un correo electrónico.
“A mí me tuvieron desde las nueve de la noche hasta la medianoche. Y también uno de ellos cuando regresó al coche dijo que yo estaba cargada. Y también el otro, como en el asalto que usted narra, le dijo que ya se tenían que ir, que les hablaba Lucas”, agrega.
Finalmente apunta que eso le ocurrió hace ya una década. “Lo cual implica que esos infelices tienen ya por lo menos 10 años operando y nadie ha hecho nada para detenerlos, o que es otra banda que opera igual desde ese mismo tiempo, lo cual resulta igual o peor”, señala.
Uno de varios correos electrónicos. Y en la gran mayoría de ellos, los testimonios, asombrosamente parecidos. Un chofer que no necesita preguntar a dónde lleva a los dos ladrones y a su víctima. Y las preguntas a la persona asaltada sobre cuál era su destino, y cuántos hijos tiene. Y la misma advertencia: si piden auxilio o no les dicen el verdadero número confidencial de sus tarjetas, les irá mal, les soltarán un tiro.
“Fue hace algunos años, unos cuatro o cinco, se llevaron a mi hermana y a su ayudanta. El chofer con el pelo muy corto. Las llevaron por varios rumbos antes y después de sacar dinero con las tarjetas. Y al final les advirtieron que sabían en dónde vivían, que no levantaran denuncia porque irían a buscarlas”, cuenta otra persona en su mensaje.
“A mí me pasó en Polanco. El taxista me echó las luces, ahora pienso que para que no viera las placas. Su asiento era más alto de lo normal, y también traía las cortinitas esas en la parte de atrás. Y se orilló para que subieran dos sujetos. Me trajeron como dos horas, me bombardearon de preguntas. Me dijeron que mi vida les valía madre. Me dejaron ir pero antes me enseñaron mi credencial del IFE, con mi dirección, se la llevaron con el celular. Luego llamaron para amenazarme, para decirme que no denunciara nada”, escribió otra lectora-víctima.
Hubo más. Alguien cuenta que cuando fue a levantar la denuncia, le tardaron cuatro horas. Y en la mayoría, esas asombrosas, preocupantes similitudes. Ese terror, esas vidas en manos de los delincuentes.