fidel.samaniego@eluniversal.com.mx
Ahí están. Frente a frente. Hay quienes dicen que se acompañan, otros señalan que él contrarresta lo malo que pueda haber en ella.
Ahí están. San Judas Tadeo y la Santa Muerte. Pareciera que sus miradas se encuentran. Cada quien tiene sus fieles, van con ella o con él, y sólo unas cuantas personas cruzan la calle para estar con los dos.
La Niña Blanca y San Juditas. Nadie sabe, o nadie quiere decir, quiénes colocaron sus esculturas. “A la Santísima la pusieron comerciantes, de los vendedores ambulantes que estaban aquí y fueron desalojados”, se atreve a decir un cantinero. Lleva consigo una cadena de plata de la cual cuelga la medalla de la Santa Muerte.
Ahí, casi al final de la que hasta 1928 fue conocida como Calle del Amor de Dios, hoy Moneda, en la esquina con Jesús María. Cerca y lejos del corazón de la ciudad y del país, el Zócalo. Ahí no llegan los turistas, por ahí no pasa el autobús de dos pisos. No hay mucha vigilancia. Huele a cierto peligro, y a quesadillas, también a incienso.
La Santa Muerte, la Niña Blanca, la Hermanita, la Carnalita, la Chiquita. Viste de rosa con bordados de gris en el pecho, y su largo manto. A sus pies, en una mesa, las ofrendas, dos copas, una con ron, la otra con tequila, y un puro, y cigarrillos que se consumieron ahí, alguien dejó una bachita, y un tubo de esos que lanzan gases lacrimógenos. “Es la bonita”, dice un hombre. Pasa su mano ante ella, sin tocarla, luego se toca su propio pecho, la cabeza, repite los mismos ademanes su pequeño hijo. “Ella nos protege, nos cuida, sobre todo a los que nos la rifamos. No tiene por qué darnos miedo, no es mala, le dará miedo a los que no creen en ella. ¡Y aguas, cámara con los que se burlen de la Niñita, no se la acaban!”, advierte, se marcha. Ahí está. Ahí amanece. Cuando nace la tarde, dos jovencitas, casi niñas, excesivamente pintadas, con minifaldas y altos tacones se le acercan, le rezan, se persignan.
Varias horas después retornarán de su trabajo, de alquilar sus cuerpos, y le llevarán algún regalito, se fumarán un cigarro y prenderán otro para ella.
Y ahí, a unos metros, enfrente, él, su manto, el bastón, y la hoja del hacha que le partió el cráneo. San Juditas, el Patroncito, el Buen Hermano, el Señor de las Causas Desesperadas, el Bondadoso. “Es muy milagroso, nos cuida de las personas que nos quieren fregar, también ayuda a conseguir chamba, a salir de los apuros”, asegura una señora, va con su mamá y con su hija, dice que ni siquiera le hace caso a la que está enfrente, porque la Iglesia no la reconoce.
Ahí están ella y él. Cada quien con su alcancía. Cada cual con sus devotos. Nadie duda de que el dinero que se recolecta en las cajitas será bien utilizado. La Niña Blanca y San Juditas. Hay quienes buscan igual a ella y a él. Son los que se juegan la vida, los que para eso están en el mundo, para, si es necesario, matar o morir, los que están de un lado o del otro de la justicia, los que salen de sus casas pero no saben si regresarán. Y en el ir y venir, cada quien en lo suyo, o unos detrás de otros, pasan por ahí, hacen un alto en el camino, unen sus manos, una con la otra, inclinan la cabeza, se encomiendan, prometen, platican, agradecen. Están frente a frente, la Niña Blanca y San Juditas.