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“Nos cerraron la puerta de la vida”
Abraham, Luis y Adrián, tres menores de apenas tienen 15 años, se emocionan cuando hablan de lo que les pasó hace una semana, la voz se les quiebra y traducen lo que pasó ese día en coraje

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Francisco Reséndiz
El Universal
Sábado 28 de junio de 2008
francisco.resendiz@eluniversal.com.mx

La muerte se quedó a vivir en las puertas del New’s Divine. Han pasado ocho días y el dolor se hace más fuerte. Los amigos, los vecinos y los deudos colocan veladoras con el nombre del niño muerto. Hay impotencia, incredulidad, decepción y miedo por la actuación de los policías.

Abraham, Luis y Adrián, tres menores de apenas tienen 15 años, se emocionan cuando hablan de lo que les pasó hace una semana, la voz se les quiebra y traducen lo que pasó ese día en coraje.

En los comercios cercanos a la esquina de Eduardo Molina y Calle 312, los locatarios no dicen nada, piensan que por hablar con los periodistas tendrán problemas con la policía. Los vecinos se sienten indignados. Nadie habla. Su silencio se vuelve ensordecedor.

“Le suplicaba a un policía que me ayudara, pero no quería... Tenía la mitad del cuerpo fuera del antro y la otra mitad prensada por la banda... Creo que le di lástima y me jaló. Afuera me empezaron a pegar los demás agentes hasta que uno dijo: No le pegues, deja que respire”, narra Abraham Alonso.

Los chicos que se acercan a New’s Divine aceptan que había venta de drogas, pero cuando encontraban a un narcomenudista era entregado a las autoridades.

“Teníamos cuatro meses viniendo cada ocho días. Se ponía chido. A 40 la michelada, 35 la chela, 20 el agua y 15 los refrescos en lata, vendían tortas y totis (frituras), la entrada de a 30, pero si no tenías credencial para votar no te daban la chela”, cuenta Adrián Guzmán Rodríguez.

Quejas y dolor

A unos metros, el policía segundo Jesús González, mando del agrupamiento de granaderos que resguarda el antro, acepta en una plática informal: “Nosotros estamos capacitados para dar primeros auxilios; sin embargo, no sé que pasó ese día... en la escuela es una materia básica”.

El día transcurre lento. A las puertas del antro hay decenas de veladoras. Una tiene la foto de un niño, otra dice “para Rafita y todos los fallesidos” (sic), una más “para la banda”. “Cuidado con los mata niños”, “Chinguen a su madre pinches mataniños”, “asesinos”, les gritan a los policías desde los microbuses o vehículos que pasan por el lugar.

Hay cartulinas pegadas en la pared que exigen: “Queremos información no editada”, “queremos y pedimos justicia por la tragedia... sólo nos divertíamos”, “cumplan con el apoyo” expresa una hoja de papel que muestra el rostro de “Heredy”, una trabajadora del New’s, y sus dos hijos.

Continúa la vigilancia

Hace calor. Hay policías por todas partes. Algunos duermen en los camiones del agrupamiento de Granaderos que se han colocado al frente del local y en la parte posterior. Otros buscan qué comer, algunos intercambian recelo de miradas con los vecinos.

Luis tiene 15 años, estaba formado para entrar al New’s Divine. “Vi que llegaron los policías y se armó un desmadre. Escuché tronidos, como balazos y me eche al piso, luego me eche a correr a la casa, hasta la noche supe lo que ocurrió... llegar tarde a la party me salvó la vida”, cuenta.

Luis Alberto Maguey tiene 14 años. Está sentado en su bicicleta de rodada 14. Usa el cabello corto, con casquete y un piercing en el labio; “da coraje, tristeza, es imposible que haya pasado esto”, comenta con las palabras exactas.

A unas calles, la banda del Bachilleres 11 se organiza. Querían hacer una misa, pero no los dejaron.

Se van caminando a New’s Divine. Cuando llegan, alrededor de 30 muchachos gritan consignas y “huelums” en favor de El Diablo, su amigo que murió aplastado hace ocho días durante el operativo que implementaron cuerpos de seguridad pública hace ocho días y murieron 12 personas.

A las cinco de la tarde la policía cierra Eduardo Molina.

Los vecinos llegan. Hay familias destrozadas. Nadie quiere hablar. Alguien lee un manifiesto en el que recuerda que los muchachos sólo se divertían como lo hicieron hace algunos años quienes “nos cerraron la puerta de la vida”.

Una hora después la gente rezó un rosario. Alguien cantó “Amor eterno” y muchos lloraron. La muerte dejó su firma en el dolor de cientos de la Nueva Atzacoalco.

 

 
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