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Aguas negras contaminan salud y tierras

Con diversos padecimientos como tifoidea, diarreas, amibiasis, salmonelosis, cólera, paludismo, conjuntivitis y asma, los habitantes del valle del Mezquital pagan la bonanza económica que les deja usar las aguas negras del DF para regar sus cultivos. El gobierno de Hidalgo elabora un estudio sobre las enfermedades relacionadas con el líquido —que incluso podría haber causado cáncer—, pero estará listo hasta 2009
Martes 10 de junio de 2008 ALBERTO CUENCA / ENVIADO | El Universal

. alejandro.cuenca@eluniversal.com.mx

VALLE DEL MEZQUITAL, Hgo.— El uso de las aguas de alcantarrilla, esto que los campesinos llaman aquí "oro negro", tiene un precio y los agricultores del valle del Mezquital lo han pagado muy alto con su salud y la de sus hijos, con la contaminación de sus tierras a las que, a fuerza de nutrirlas con aguas negras, las han hecho altamente productivas; parcelas que en todo el año no descansan, pero que se salinizan y erosionan.

Fiebres tifoidea, dermatitis, conjuntivitis, diarreas, amibiasis, salmonelosis, asma, paludismo, cólera y la presunción hasta de cáncer integran el expediente de enfermedades en las poblaciones asentadas en los distritos de riego que conforman el valle y en las inmediaciones de la presa Endhó, receptora y reguladora de esas aguas expulsadas desde las cañerías de la ciudad de México.

Ante la presunción de que el contacto con ese “oro negro”, así como su diseminación por aire y suelo, se asocian con el surgimiento de tumores entre la población de El Mezquital —como el cáncer de riñón, hígado, páncreas, estómago y pulmón—, Armida Zúñiga, titular de la Comisión para la Protección contra Riesgos Sanitarios del Estado de Hidalgo (Copriseh), explica que durante un año el gobierno estatal realizará un diagnóstico de las enfermedades.

Los primeros resultados de ese análisis en las aguas negras arrojaron la presencia de coliformes fecales, plomo, cadmio, cromo y otras sustancias, en cantidades que rebasan por mucho los niveles máximos permitidos para aguas residuales en la Norma Oficial Mexicana 001-ECOL-1996; pero mientras no termine el diagnóstico, no se dará a conocer la magnitud de la contaminación y eso pasará hasta dentro de un año.

Hoy lo concreto es que los casos de gastroenteritis, salmonelosis y amibiasis se incrementan aquí 15% respecto a otras regiones de Hidalgo donde no se usan aguas residuales, de acuerdo con la Copriseh.

Pero esas aguas negras son parte de la subsistencia, así que en esta región convivir a diario con la contaminación se ha convertido en un acto de indiferencia, aceptación y hasta de defensa.

Al subir la espuma

El Rodrigo es una de las tantas comunidades agrícolas del municipio de San Salvador que reciben las aguas de la presa Endhó. Ubicada en la periferia de la cabecera municipal, enfrenta las consecuencias de tener uno de los cientos de canales que distribuyen las aguas a las zonas de riego.

En la agricultura uno de los efectos es que los campesinos ya no pueden sembrar cultivos de mayor rentabilidad, como el jitomate, simplemente porque ya no se dan. La siembra de hortalizas está prohibida en El Mezquital y las parcelas están condenadas a producir siempre lo mismo, es decir, plantas de tallos altos que no están en contacto directo con la tierra contaminada.

Aquí no hay horario para pagar ese costo de aprovechar el “oro negro”, que paradójicamente llega a El Rodrigo en forma de una espuma blanca generada por los detergentes. Cuando se abre una de las compuertas que distribuye el líquido al distrito de riego, la caída del agua sobre una fosa provoca que los detergentes se reactiven y levanten una nube de espuma; eso sin contar con los fétidos olores.

Jorge Aspeitia, propietario de media hectárea de tierra en la que cultiva alfalfa, tiene su casa a no más de 30 metros de ese canal; el traspatio, donde cría gallinas y conejos, conecta directamente con el cauce de aguas negras.

La vegetación bañada por las aguas jabonosas está completamente muerta y en pie sólo quedan troncos cubiertos con una grotesca capa de aceites endurecidos por el sol.

Sin embargo, ese es el menor de los problemas, pues cuando el viento esparce la nube de jabón, las volutas llegan a las casas más cercanas y a los traspatios donde se crían animales de corral para el autoconsumo. “La espuma nos irrita la nariz y les han salido granos a los niños”, explica el campesino Jorge Aspeitia, sin mostrar ya signo alguno de preocupación.

Los jabones reactivados en esa caída de agua también llegan a una escuela primaria donde toman clases 58 niños otomíes. En el Centro Escolar 1979, la directora ha pedido a las autoridades estatales que cambien el plantel a otro lugar, lejos del canal, porque cuando los infantes salen al patio, invariablemente la espuma está ahí. Ya se solicitó el cambio del plantel, pero la respuesta llegará hasta el siguiente ciclo escolar.

En la cabecera municipal de San Salvador se encuentra la clínica de medicina rural del IMSS número 32, donde el doctor a cargo, Moisés Salazar González, y la enfermera asistente, Margarita Segura Larrieta, llevan un seguimiento de las enfermedades que aquejan a los habitantes.

Cuando el joven médico habla, parece que da un parte de guerra: 61 casos de diarrea y enfermedades gastrointestinales en adultos se presentaron en 2007, y hasta marzo de este año había seis, en tanto que en menores de cinco años se atendió a 26 pacientes el año anterior, y hasta marzo de 2008 hubo cinco.

La enfermera Margarita Segura recuerda que el cólera pegó hace 10 años al municipio, en tanto que el paludismo ha afectado a los vecinos de El Tephe y Dios Padre, en Ixmiquilpan. Recelosa, desconfiada por momentos, explica que en Huejutla se han incrementado los padecimientos por cáncer de intestino e hígado; las sospechas, dice, van orientadas a dos factores: el alcoholismo entre sus habitantes y el contacto permanente con las aguas residuales.

Pero si de sobrevivir se trata, teniendo a esas aguas negras como parte del vecindario, la señora Consuelo Jiménez Cruz, habitante de San Mateo de la Curva, en Tepetitlán, lo ha hecho por 25 años.

La casa de Consuelo Jiménez, de muros manchados por la humedad y lámina de asbesto, es quizá una de las viviendas más cercanas a la orilla de la presa Endhó.

Todos esos años, con las aguas residuales en el traspatio, no han sido tiempo suficiente para acostumbrarse y soportar los olores que emanan de la presa y que a su familia la han afectado con constantes dolores de garganta, gripe y hasta asma entre sus nietos.

Pero la fiebre tifoidea entre niños y adultos, la conjuntivitis y la dermatitis entre los trabajadores que riegan los cultivos, son las enfermedades más comunes, explican Adán Cruz y Nhela Alanís, una pareja de doctores que desde noviembre cambiaron su residencia, de Michoacán al municipio de Tepetitlán. Entre cinco y ocho casos de tifoidea atienden al mes, cuando en Michoacán era apenas uno mensual. Lo que allá no veían eran pacientes con enfermedades de la piel, como los que aquí llegan porque cayeron a algún canal.



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