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En 30 minutos, a plena luz del día en la esquina de las avenidas Puente de Alvarado y Buenavista, delegación Cuauhtémoc, todo puede pasar.
Atrás de la salida de la estación del Metro Revolución, un indigente de más de 60 años se recarga en la pared. Sucio, carente de un baño con jabón, trae los pantalones y la ropa interior abajo de las rodillas. Su miembro viril casi “abrazado” por su vientre colgante y se mueve un poco cuando lleva su mano a espantar las moscas que lo rondan.
Por momentos su mirada está perdida, pero cuando regresa, la enfoca en las imágenes de las revistas que tiene por montones en el lugar. Sin subirse los pantalones se agacha, toma más papeles y los mira con detenimiento. Balbucea algo incomprensible.
A unos dos metros, hacia la avenida, una sexoservidora espera. Baja de estatura, cabello rizado como de base, minifalda negra y blusa blanca sin mangas, zapatillas bajas y pequeño bolso de mano.
Un hombre de mezclilla y gorra la rodea. Se acerca y pregunta. Se separa, parece que lo piensa. Ella retrocede. Segundos después vuelven a hablar y juntos cruzan la avenida hasta perderse entre los puestos ambulantes.
Una patrulla del sector Cuauhtémoc pasa por la calle. Ve ambas escenas, pero sigue de largo. A sólo dos cuadras de ese punto está el edificio delegacional. A unos pasos, la nueva parada exclusiva del servicio exprés de la Red de Transporte de Pasajeros (RTP).
De entre los autos estacionados salen dos mujeres regordetas; ambas visten de negro, con el cabello recogido. Las dos se besan mientras una de ella le pone la mano a la otra en la nalga. Terminan el beso y se ríen a carcajadas.
De la risa viene el asombro, pues pasa una rubia natural, de cuerpo delgado, zapatos altos y pantalón entallado. “Mira, güey, en primer lugar te voy a comprar una güera como aquella”, sueña un lavacoches que trabaja en el estacionamiento de las oficinas del PRI capitalino, mientras porta una playera del Verde Ecologista.
No habían pasado ni 15 minutos cuando la sexoservidora regresó, se acomodó los zapatos, se echó un chicle a la boca y repintó sus labios. Había terminado ese servicio y ya esperaba el siguiente.
De nuevo una patrulla, pero esta vez de la Policía Judicial que pasa más despacio, como supervisando. Dos mujeres más ofrecen discretamente sus cuerpos. Una de mezclilla y blusa rosa semiescotada, lentes y cigarro. La otra, medio escondida en una jardinera, acuerda con un joven, se levanta y al caminar surge la duda: esas formas son verdaderas o plásticas. No tarda ni 10 minutos más en regresar.
Los que también regresan son los niños de primaria a los que ya no les parece extraño ver esas escenas. Tampoco a los que salen del Metro. Menos a las autoridades.