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El difícil paso de salir del clóset

Rosa María Ortiz es madre de una mujer y dos varones: Nayeth, Hugo y Manuel, tiene tres nietos y un bisnieto, es bibliotecaria, tanatóloga, activista y lesbiana
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Edith Martínez
El Universal
Domingo 11 de mayo de 2008

edith.martinez@eluniversal.com.mx

Rosa María Ortiz es madre de una mujer y dos varones: Nayeth, Hugo y Manuel, tiene tres nietos y un bisnieto, es bibliotecaria, tanatóloga, activista y lesbiana.

Para ella el 10 de mayo nunca ha sido una fecha muy significativa porque no se considera “conservadora ni tradicionalista” y mucho menos para festejar lo que llama “celebraciones comerciales”, aunque eso sí, “soy muy convenenciera porque si hay regalitos pues bienvenidos”.

Su edad, más de 50 años, no la representa. Se ve más joven, es bajita de estatura, delgada y tiene una perforación en la nariz. Lleva 15 años con Lupita, su pareja, a quien conoció en la universidad en la que trabaja. En su caso, sus hijos no pueden decir “que madre sólo hay una”, ellos tienen dos: una biológica y la otra por opción.

Rosa es una madre lesbiana que sabe que este papel representa “un paquetote” y en su condición es aún más grande por las implicaciones sociales que conlleva.

“Me dí cuenta a los 12 años cuando iba a la secundaria y me enamoré de una chica. Mi primera reacción fue de miedo, de terror, así que lo que hice fue buscarme un novio para que no se me notara, para que ni yo misma lo notara”.

Se casó a los 14 años huyendo de su preferencia sexual y para cumplir con un rol social al que se sentía obligada, después se convirtió en madre. Su matrimonio duró algunos años, pero finalmente “puedes huir de todos menos de ti misma”, así que se decidió y salió del clóset.

Laruptura necesaria

La separación de su marido pasó por muchos procesos, primero de enojo, después de aceptación y por último de comprensión, “él se daba cuenta, había cosas que no le checaban”. Finalmente ambos entendieron que no podían estar separados porque tenían algo en común: los hijos.

Al asumirse como lesbiana tuvo que enfrentar a sus hijos con una sociedad que aún no aprende a respetar las diferencias y que considera indispensable la figura paterna.

La reacción de cada uno de los hijos al enterarse de las preferencias sexuales de su mamá fue distinta: Nayeth “puso el grito en el cielo”.

Su reclamo fue que su madre le hablaba de confianza y no la tuvo para decirle de frente la situación y tuvo que enterarse por un amigo, “me decía que era una mentirosa”.

Ese no fue el caso de Hugo, que cuando Rosa por fin se decidió a confesarle que tenía una novia, para él no fue trascendente “porque ya lo sabía”.

Y con Manuel, que tenía cinco años, bastó la explicación de que “las lesbianas son mujeres que aman a otras mujeres” y que su madre sentía eso. Dice que a sus hijos los quiere “más por ser compañeros de vida que por haber nacido de mí”.



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