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¡Obedézcase, pero no se cumpla!

¡Obedézcase, pero no se cumpla!¡Obedézcase, pero no se cumpla!
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Héctor de Mauleón
El Universal
Viernes 04 de abril de 2008

hdemauleon@eluniversal.com.mx

A la una de la mañana, la atmósfera del restaurante bar Covandonga seguía cargada de humo: densos hilachos blancos pendían sobre las mesas donde se congregaban bebedores y eternos jugadores de dominó. En lugares visibles, un letrero alertaba que, por causas ajenas al establecimiento, quedaba prohibido fumar. Pero los carteles recordaban esa manoseada leyenda de las cédulas reales de la Nueva España: “Obedézcase, pero no se cumpla”.

Uno de los jugadores se empeñaba en imitar a Cary Grant, que según el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante fue el mejor fumador de pipa en la historia de la cinematografía mundial. Más allá, un hombre de aspecto amargo fumaba un cigarrillo a la Humprey Bogart, dejando que la brasa ardiera en los labios, y entrecerrando un ojo ligeramente. Junto a la barra, un tipo gordo y elegante mordisqueaba un habano con la misma fruición que en la pantalla lo hizo alguna vez Edward G. Robinson.

Nadie llamó al 060. No llegó la policía para disuadir a los infractores. El mesero decano, don Manuel, seguía recogiendo ceniceros llenos de colillas retorcidas, y encendiendo con gesto solícito nuevos cigarrillos a los parroquianos. En una mesa donde departían varios jóvenes de aire intelectual, tres muchachas que podrían ser modelos o actrices, fumaban, lánguidamente, cigarrillos mentolados. Scott Fitzgerald habría podido escribir 20 cuartillas sobre ese modo de fumar.

Como en Chicago, 1929, los clientes interrogaban al capitán:

—¿A qué hora entra la prohibición?

Diez minutos antes de las doce, los meseros recogerían los ceniceros e invitarían a los clientes a apagar sus cigarros.

De ese modo quedaría cancelado para siempre un modo de socializar.

—La multa es de 130 mil pesos —decía el capitán—. Yo me imagino que esto va a quebrar. ¿Quién va a querer chupar si no puede echarse siquiera un cigarrito?

Los jugadores de dominó, con el cigarro y la cuba al lado, escuchaban la sentencia y negaban con la cabeza. Debían estar muy malhumorados porque los golpes de las fichas sobre las mesas hacían cimbrar el establecimiento. El señor Marcial se fuma ahí una cajetilla, todos los miércoles, desde hace 20 años. Ha definido todo con una frase:

—Los fachos del PRD.

Los últimos minutos antes de las doce debieron ser muy parecidos a los que precedieron el hundimiento del Titanic.

—Vamos a echarnos el último… —se oyó.

Las modelos encendieron, melancólicamente, sus cigarrillos, y la atmósfera se recargó.

Pero dieron las doce y los meseros se quedaron plantados junto a la barra. Don Manuel se acercó a los clientes:

—Acaban de avisar que todavía no entra el reglamento.

“Obedézcase, pero no se cumpla”. Todos nos echamos el otro.



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