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“Yo primero debuté y después comencé a aprender. Me llevaron para cubrir a otra, para que la gente no viera que faltaba una. Me dijeron tú no vas a hacer nada, sólo agárrate bien de las cuerdas. Entonces agarraron a mi compañera y la tiraron al suelo. A mí me metieron de los puros cabellos. Nomás era un bulto”, expresa Irma González, quien con 70 años a cuestas, fue una de las primeras mujeres luchadoras en México.
Con mirada ambarina y ojos luminosos, hace una pausa para hurgar en su memoria y recordar aquel día en el que subió a un ring sin saber nada de lucha libre. Tendría unos 13 años, pero lejos de amedrentarse por golpes y caídas, quiso saber más sobre ese mundo aparentemente hecho sólo para hombres.
Su padre era dueño de un circo y desde pequeña aprendió técnicas de los acróbatas y contorsionistas, así no le fue difícil adaptarse a las exigencias físicas de la lucha libre.
El interés por aprender era tal que se asomaba a ver a los hombres cuando entrenaban.
“Teníamos que demostrarles a los señores que no íbamos a hacer el ridículo, sino a abrir una fuente de trabajo para las mujeres”.
Hace más de cinco décadas, “era raro ver a una mujer en una cosa de hombres. A los luchadores no les gustaba. Nos hacían muchas travesuras para que ya no siguiéramos. Yo decía ‘a mí qué me importa que no me quieran, yo lo que necesito es el dinero para mi mamá’”, refiere con su sonrisa color carmín.
Luego vinieron los viajes internacionales, 18 en total, y las peleas contra mujeres asiáticas, europeas y australianas. “Eran unas muchachotas grandotas que me pedían que les enseñaba otras técnicas, como las llaves”.
Siete meses antes de casarse, su prometido le pidió que no luchara más. Pero ella no le obedeció y para que no se enterara, se hizo llamar “La novia del Santo” y se puso máscara.
Desde su primera función, doña Irma no dejó de luchar salvo por la etapa en la que se embarazó y tuvo a su única hija. Quince días después del parto, regresó al cuadrilátero.
A pesar de los años, Irma González entrena tres veces por semana para mantener los músculos que antaño esculpió con esfuerzo y pasión. Es una mujer alegre, satisfecha con su destino, aunque de no haber sido luchadora, se hubiera dedicado al canto.
Hace cuatro años dejó de subirse al cuadrilátero por una lesión en la rodilla; ahora tiene 70 y ya no asiste a la arena, ni ve luchas por televisión por temor a caer en alguna trampa de la nostalgia. Prefiere mirar a sus alumnos mientras entrenan. Todos son hombres, no hay ninguna mujer.