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“No es familia quien te lastima”

“No es familia quien te lastima”“No es familia quien te lastima”
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Luis Guillermo Hernández
El Universal
Domingo 02 de marzo de 2008

df@eluniversal.com.mx

En sus ojos, color pulpa de zapote, toma forma un charco que amenaza con derramar algún viejo dolor sobre su rostro, pero María Elena, de 48 años, lo seca de repente con un convencimiento: “Una familia que te lastima, que te hace daño, no es una familia. Por eso yo estoy mejor aquí”.

Muchas semanas después de huir de su hogar en Toluca, de que alguien la encontró dormida en una banca, de que vagó y durmió bajo los puentes, la mujer lava su único vestido, rojo cenizo, mientras cuenta: “En este mundo no hay amigos. Si hay traiciones entre familia, que no le duele a la madre traicionar a la hija, cuanti menos con una gente extraña”.

¿Cómo se llega a perderlo todo, a todos, a estar tan solo en una ciudad colmada por millones? María Elena contesta: “Mi madre es una persona mala, con mucha maldad en el alma, igual mi familia; me lastimaba, me hacía mucho daño. Qué bueno que me alejé de ella y qué bueno que ella está alejada de mí”. De un golpe cierra las bandejas de esa pulpa de zapote que lleva en la cara, apenas antes de que el charco se desborde.

Unos días más tarde, el domingo, habrá de celebrarse el Día de la Familia, esa festividad nacida de un decreto, pero en el miércoles lluvioso María Elena, su rostro como un pergamino casi transparente, apenas convive con su única familia a la mano: los 10, 12 indigentes que temporalmente acuden al albergue Benito Juárez, en el corazón bullicioso de la vieja Mixcoac.

Habrá unos ocho hombres sentados a la mesa, café o leche tibia en los tazones, un plato de pan de dulce, y Pedro Infante, siempre en blanco y negro en el televisor donado.

Apenas hablan entre ellos, los indigentes. Sus rostros como máscaras, las miradas en ese lugar donde uno se va cuando está sin estar, el cabello ajado, algunos carcomidos por un cáncer, la diabetes, casi todos con apenas dientes, esquizofrenia o paranoia como escudos de la mente ante una realidad que aplasta, detenidos en ese albergue temporal que los refugia gratis.

Pero, a diferencia de los otros, María Elena está sana.

“Soy afanadora, trapeo y barro en un asilo, a las tres salgo y me vengo para acá”, dice María Elena. Sus tres comidas diarias bien aseguradas. Como los demás, la ropa que lleva ha sido donada por benefactores del albergue; puede ahorrar en una caja, para juntar algo de dinero que la ayude a salir para buscar lo suyo. Sola.

¿Espera algo del futuro?

“Espero seguir trabajando y tener salud, eso espero y eso quiero”, contesta. Se apresura a limpiar su ropa, a sincerarse un poco: “No me falta nada para ser feliz. Para nada creo en Dios”.

“Me gustan la luna y las estrellas”, dice de su única familia posible. “Me gustan mucho los días lluviosos. Con el sol me siento, haga de cuenta que me muero, pero con la lluvia siento que vuelvo a nacer”.

Entonces, usted es de lluvia...

“De lluvia y de oscuridad”, confirma, y se va. Una hilera de sílabas se le fuga: cualquiera juraría que está sonriendo.



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