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Explosión deja sin hogar a grupo de indígenas

Protección Civil instalará carpas para que otomíes originarios de Querétaro tengan donde dormir
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Alberto Morales y Rafael Montes
El Universal
Sábado 16 de febrero de 2008

alberto.morales@eluniversal.com.mx

df@eluniversal.com.mx

La explosión de un artefacto en el predio número 346 de Avenida Chapultepec les quitó su hogar. Son 180 personas de origen otomí que además de vivir en la precariedad fueron desalojadas ayer de sus viviendas, por la cercanía de su predio con el lugar donde se originó una detonación que convirtió su barrio en algo parecido a una zona de guerra.

Vinieron del estado de Querétaro y como muchos otros indígenas, emigraron a la ciudad de México en busca de una oportunidad para sobrevivir.

Son vendedores ambulantes, limpiaparabrisas, artesanos, pequeños comerciantes. Así se ganan la vida, pero ayer muchos no salieron a trabajar por miedo a perder sus pocas pertenencias.

Pareciera que la mala suerte los persigue, pues además de que sus viviendas están bajo resguardo tanto de las autoridades capitalinas como de las federales, el predio se encuentra en un litigio a fin de determinar a su propietario.

Autoridades del DIF y de Protección Civil de la ciudad de México brindaron ayuda a esa pequeña comunidad indígena, vecina de la otrora suntuosa Zona Rosa.

El secretario de Protección Civil del gobierno capitalino, Elías Miguel Moreno Brizuela, aseguró que se instalarían carpas para que los indígenas otomíes tuvieran un espacio para dormir y depositar agua y alimentos.

Como una tragedia, algunas mujeres contaron que tras la explosión tomaron a sus hijos y salieron corriendo y dejaron ropa y las medicinas de sus hijos.

Margarita, con la mirada como perdida por la impresión del estallido, dijo que tenía a su hijo enfermo y que olvidó sacar sus medicinas.

“Le dan ataques de epilepsia y no traje sus pastillas”, afirma la mujer con su hijo amarrado a su espalda con su rebozo.

Para este pequeño grupo de indígenas el futuro es incierto y pareciera que les explotó junto a su puerta.

Ahora sólo ven sus casas desde el otro lado del paso a desnivel de Avenida Chapultepec, con una mirada de tristeza y temor por no saber qué pasará con ellos mañana.



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