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Tiene 83 años. Las navajas de sus patines se deslizan a más de 20 kilómetros por hora, en la misma dirección que las de un joven de 25 con el que está a punto de chocar. Don Manuel Castillo viene de espaldas.
Su historia en el patinaje comenzó hace 70 años. En cemento y sobre ruedas. Hace 60 patinó por vez primera en hielo, cuando trajeron a México la primera pista, en el desaparecido Estadio Nacional, aquí en el Distrito Federal.
El señor Castillo se convirtió en un personaje querido y famoso. Todos los días, desde que abrió la pista del Zócalo, vino desde las tres de la tarde hasta las diez de la noche, hasta la hora de cierre. Aquí consiguió trabajo afilando las navajas y enseñando patinaje a niños.
La distancia para la colisión se acorta en milésimas de segundo. Los casi tres mil metros cuadrados de esta pista a don Manuel Castillo parecieron quedarle cortos.
“Hago danza de parejas, hago acrobático de vuelos, impulsadas y aparte hago coreografías”, comenta don Manuel.
La familia del señor Castillo emigró a Estados Unidos. En Navidad los hubiera visto, pero canceló de último momento: “esta pista no me la iba a perder. Conocer en mi vida una cosa como esta es como un sueño”.
“La única que se asemeja a esta es la del Central Park de Nueva York, que yo he patinado en invierno. No cobran y es natural. Aquí nos damos un lujo mayor que el de ellos. Aquí tenemos un clima maravilloso. Yo en el Central Park tengo que usar guantes y bufanda; además de que tengo que freir salchichas, comer chocolate, bombones asados, porque el frío, lo congela a uno”, dice.
“En estos días he sido el hombre más feliz porque es un deporte con el que trato con la juventud. Me dan cuerda: ‘¡órale señor Castillo, usted puede!’, me dicen los jóvenes y me animan”.
Y cuenta con alegría: “Me junto con otros compañeros de mi edad en la Alameda a ver las estrellas y a recordar las noches de ayer”, expresa con voz aguda y temblorosa.
El señor Castillo sigue avanzando a gran velocidad. A lo lejos gritan: ¡Aguas! ¡Cuidado! Una milésima de segundo, la diferencia. Gira. Como felino. Un joven queda petrificado.
Don Manuel retoma su dirección. Frena. Da vueltas sobre un de sus patínes y sonríe.
“Yo cuando hay disco-patín me pongo mi peluca y me quitó las barbas y a darle. El hielo tiene un atractivo especial, cuando lo tocan se les hace una cosa maravillosa. Entonces vemos la felicidad de la gente”, expresa.