hdemauleon@eluniversal.com.mxEstán en la fila con bultos diminutos en la mano, o con el puño apretado bajo el bolsillo del saco. Se adivinan destellos de plata y chispazos de oro. Ir al Monte de Piedad, pasado el Día de Reyes, es un capítulo más del santoral mexicano: tan ineludible como las posadas, la Semana Santa, el 12 de diciembre o el Día de Muertos. Tan inminente como el Día de la Madre, la devaluación o el cambio de gobierno.
El Monte estaba ahí antes que Hidalgo, que Morelos y Aldama. Sobrevivió a la Colonia, la Guerra de Independencia, al gobierno de Santa Anna, la Intervención Francesa, la Guerra de Reforma, el Porfiriato, a la Revolución y los 70 años del PRI. En las novelas mexicanas del siglo XIX, los personajes rezan; y si esto no da resultado, empeñan sus sables, sus sarapes, sus calzones, sus guitarras, sus sombreros y sus toquillas. El Periquillo Sarniento, la primera novela mexicana, cuenta la historia de un individuo que asistía al Monte cada vez que era necesario enfrentar la adversidad (el resto, en realidad, son capítulos incidentales). Y es que el Monte de Piedad llegó a México antes que el futbol; en términos de atención al público siempre ha sido más efectivo que Dios y que el Estado.
El sábado 25 de febrero de 1775, don Francisco Carabantes fue el primer ciudadano de la Nueva España que hizo fila frente a una ventanilla del Nacional Monte de Piedad. Carabantes iba a poner en práctica un verbo extraño: pignorar (“dar o dejar en prenda”). Ese día, la casa fundada por el caritativo Slim de la Colonia, el conde de Regla, abriría sus puertas “para proporcionar alivio a la población menesterosa”. Se había hecho tal propaganda que 500 o 600 vecinos hicieron fila frente a la institución (que por entonces se hallaba en el colegio de San Pedro y San Pablo). Carabantes pignoró aquella mañana un aderezo de diamantes. Con ese simple acto inauguró el futuro nacional. Sin saberlo, fundó lo que 333 años después iba a convertirse en un país de pignorantes.
Cuando Guerrero, Iturbide y el Ejército Trigarante avanzaron por Plateros, y se acantonaron en el Zócalo para proclamar la Independencia, el Nacional Monte de Piedad llevaba ya 46 años de arraigo en las estructuras más profundas de la vida cotidiana. Entonces el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas. Tal vez a eso se debe que en las primeras boletas de empeño los valuadores mencionaran que tal prenda había sido pignorada por “el hijo del alcalde”, y que tal joya había sido empeñada por “la muertecita”, o acaso por “la madre de la güera”.
Dos siglos, tres décadas y tres años después, los descendientes del hijo del alcalde, la muertecita y la madre de la güera, siguen agolpados frente a las ventanillas. Se fueron los virreyes. La ciudad creció y se arruinó. El Monte cambió de domicilio (desde 1836 se estableció donde lo conocemos: en la calle de las Escalerillas), y desde entonces es uno de los poderes que se disputan el centro ritual, el Zócalo de México.
Hoy 13 mil personas enfrentan diariamente esa otra institución: la llamada “cuesta de enero”. Antes se empeñaban zapatos, calzones, pistolas, hebillas, bacinicas, fajas, fondos, catres, ropa de cama, libros, guitarras y violines. Hubo un tiempo en que las teles, los radios, las licuadoras y las batidoras (¡oh, modernidad!) fueron los bienes más ofrecidos por los pignorantes. Ahora, el tiempo de los “artículos varios” ha pasado: en 96% (cifras de la propia institución) llueven los relojes, los aretes, las pulseras, las cadenas, las esclavas.
Avanza una mañana más. Una fila desesperada y desesperante se disputa los 905 millones de pesos que el Monte prestará durante la “cuesta de enero”. El mundo es tan viejo que todas las cosas poseen un nombre, y para mencionarlas no hay que señalarlas con el dedo: todos somos pignorantes.