sara.pantoja@eluniversal.com.mxSe salvaron de deslaves, pero ahora viven entre ratas y cucarachas. Hay bebés, niños, madres solteras y ancianos. Tienen regaderas, baños y cocinas comunes. Duermen en pequeños cuartos prefabricados. Algunos menores ya presentan infecciones piel y ojos, además de enfermedades estomacales.
Son 120 familias que desde hace dos meses habitan en el albergue de Observatorio con la esperanza de que les arreglen su “crédito” de vivienda, aunque las autoridades les han dicho que eso podría tardar hasta un año.
En septiembre pasado, personal de Protección Civil de la delegación Álvaro Obregón y del gobierno capitalino las desalojaron de la colonia Presa Sección Hornos, un asentamiento irregular, donde vivían bajo el constante riesgo de deslaves desde hace al menos cinco años.
Durante un recorrido por el lugar, muchos habitantes reconocieron que “estamos 100% mejor de como estábamos allá”. Pero señalaron el peligro de “convivir” con esa fauna nociva, de sufrir enfermedades, inseguridad y hasta fugas de gas incontrolables, ya que ni en la cocina ni en la Administración había extintores.
Niños, los afectados
Nancy Fernández, de 23 años, vive ahí con sus tres hijas. Atrás de la puerta de su cuarto hay bultos con latas, botellas de vidrio y cartón que su esposo vende para reciclar.
Su hija más pequeña, de unos dos años, ha tenido diarrea y vómito al menos dos veces desde que llegaron al refugio. Cada semana, contó, enfermeras revisan a los niños y “checan si el agua tiene cloro”.
A Rosalinda, de 12 años de edad y 25 kilogramos de peso, la atacó una infección en la piel, dijo su madre, Juana López, cuando mostró su espalda huesuda y llena de granitos.
Es madre soltera y vive con sus cinco hijos en el cuarto de cuyo techo salen cucarachas por el calor de las lámparas. Dejó de lavar y planchar ajeno desde diciembre de 2006, cuando a unos pasos de su casa, dos asaltantes la atacaron al ir con su pareja.
Patricia vive con sus padres, su esposo y sus dos hijos en un sólo cuarto. Adentro, el olor a suciedad se intensifica por el reducido espacio que hay entre las tres camas, refrigerador, estufa, ropero y televisión.
Es trabajadora doméstica y su esposo, “machetero”. Es la familia Colín Castro. Viven al fondo del bloque B del albergue, donde temen que las ratas se metan a su cuarto y muerdan a los niños. Apenas el 17 de noviembre, la delegación hizo una jornada de “ratización” y fumigación.
Pese a todo, se organizan
Autoridades delegacionales y capitalinas explicaron que se trata de “gente de bajos recursos, invasores con problemas de indisciplina y más”. Aún así, están organizados.
En baños y cocina comunitarios hay letreros: “no desperdicies el agua”, “cierra bien las llaves de las parrillas”. También se lee el reglamento interno, el rol de comisiones de higiene, protección civil y vigilancia, entre otras.
A pesar de que seis policías delegacionales se turnan la vigilancia, ya han tenido sustos: indigentes que buscan cobijo, riñas originadas por el consumo de alcohol, un joven recién asaltado y hasta el hurto de la ropa del tendedero.
El jefe delegacional, Leonel Luna, reconoció que el albergue tiene carencias “pero hacemos lo posible para que la gente viva en mejores condiciones de como estaba antes”. Dijo que ya está en pláticas con la empresa constructora del albergue para hacerle mejoras, aunque resaltó que su administración carece de recursos para atender todos sus problemas.
Durante los primeros días de las inundaciones en Tabasco, Luna abanderó a un equipo, vehículos de rescate y toneladas de ropa y víveres para aquella entidad “por solidaridad”. Enfatizó que con ello no se descuidaban los esquemas de protección civil de la delegación. No obstante, en el albergue se vio otra situación.