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Pasarela en un callejón de La Merced

Entre puestos y bares, hombres buscan ver el desfile de mujeres en esa zona
Martes 23 de octubre de 2007 Filemón Alonso-Miranda | El Universal

filemon.alonso@eluniversal.com.mx

En La Merced, muy cerca del primer cuadro de la ciudad de México, hay un callejón donde las sexoservidoras caminan como si estuvieran sobre una alfombra roja en una pasarela de alta moda y a contrapaso de las manecillas del reloj.

Las chicas de minifalda y pantalones ajustados se exhiben sobre la avenida San Pablo. A las 21:00 horas la gente se ve más homogénea; los trabajadores van a prisa con morrales. Jugueros, tamaleros y cientos de bicicletas en grandes vitrinas completan un sombrío escenario, donde el ambulantaje y la venta de sexo se nutren de bares de malamuerte y puestos de periódicos con revistas amarillistas y novelas que transeúntes rodean como si fueran fenómenos de circo.

Este es el callejón Manzanares, en el barrio de La Merced. Mujeres y hombres custodian la entrada de una casa que parece devorar y vomitar a parejas efímeras.

“Sólo 100 pesos vale tu felicidad muñeco”, le dice una tal Britney a su potencial cliente.

Ella viste una corta falda azul de licra, zapatillas blancas, cinturón de estoperoles, tiene uñas mal pintadas y cabello negro rizado. Encima tiene el desagradable aroma de un barato perfume o quizá el olor proviene de sus machos intercambiables.

Tendrá, a lo mucho, 16 años, pero con el exagerado lipstick que pinta sus labios gruesos intenta con fracaso aparentar ser mayor de edad.

La Britney se deja llevar por el ritual de un circular desfile que ni ella parece enteder, pero sí ejecutar con destreza.

Todo va y viene. Todo simula ser lo mismo. Sólo cambian los rostros y las ropas, pero todos reeditan una ceremonia urbana donde se convoca a los dioses del sexo a materializarse, no importa que el sacerdote sean unas monedas.

Los padrotes sólo miran y cuidan que nadie se pase con las chicas.

Va y viene. Sonríe. A unos desaira en un lapso de 25 minutos. Platica animosamente con otro tipo. Recorre otros 80 metros y por fin regresa como un depredador sin presa.

—Anda, ya vámonos, no te la vas a pasar mal, insiste la morena Afrodita mientras da un suave pellizco en la barriga del sujeto que ella cree que pretende rentar su cuerpo por 15 minutos.

—No, ahorita te digo, deja veo a otras, responde el barrigón que se voltea, toma su diablo de carga y se pierde entre nocturnos puestos de ropa, discos, películas pirata y cuerpos en movimiento nutriéndose de deseos.

La aventurera se enfada y regresa a darle cuerda a un reloj imaginario que sólo se echa a andar si ella camina, en su mente, sobre un círculo que se baña de olor a sudor y decadencia mientras un grotesco mural de miradas la persigue paso a paso.

Algunos le reclaman cariño; ella siempre pide una cuota por su amor. Otros se conforman sólo con olerla.

—¿El amor existirá? se pregunta.

—Claro que no, cariño, responde.

Según el pensador alemán Walter Benjamin, para comprender las actitudes del hombre moderno debemos primero entender sus ciudades. No es mal comienzo. De este prostíbulo extramuros podría decirse que es un no-lugar, en el sentido que le da el antropólogo francés Marc Augé: flujos espaciales, zonas de tráfico y consumo.

Pero también un espacio necesariamente contemporáneo de confluencia anónima. Luego entonces, en este callejón del sexo, todos son máquinas deseantes anónimas.



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