hdemauleon@eluniversal.com.mxFue la primera vez que en un informe se abandonó el culto monolítico a la figura del jefe de Gobierno. En su primera rendición de cuentas ante la Asamblea Legislativa del DF, Marcelo Ebrard fue acusado de gobernar con talante soberbio e intolerante, de decretar expropiaciones “que recuerdan los peores días del autoritarismo”, y de someter a la población a un escarnio policiaco en el que los ciudadanos son tratados y exhibidos como delincuentes. Se le acusó de hacer un uso faccioso del dinero público; de gobernar “sólo para sus aliados y sus intereses”; de dar facilidades y subsidios a las manifestaciones que le favorecen, y de atacar, en cambio, a las que le disgustan.
La metralla cayó sin miramientos durante varias horas: diputados del PRI, el PAN, el PVEM, el Panal y la Coalición Socialdemócrata le exigieron no hacer más playas ni más bailes de quinceañeras, “porque ninguno de los problemas de la ciudad se ha resuelto con eso”. Lo acusaron de no haber atendido uno solo de los exhortos realizados por la ALDF; de no haber cortado los cordones umbilicales que lo unen con Andrés Manuel López Obrador, Elba Esther Gordillo y Manuel Camacho, y de no poder cortar los hilos que lo mueven:
“¿Cómo gobernar a ocho millones de personas si no puede gobernarse él mismo y lo gobiernan legítimamente?”, le dijeron.
Marcelo Ebrard, sin embargo, recibió las críticas con una sonrisa. Y cuando pudo, usó la palabra para descalificar o ridiculizar a los legisladores de la oposición, de mientras la mayoría perredista lo ovacionaba de pie.
El antiguo culto a la figura del jefe de Gobierno fue sustituido ayer por un culto nuevo.
Elementos de la SSP, al mando del jefe policiacio del Centro Histórico, Lorenzo Fernández, impedían que mantas y pancartas con mensajes adversos al jefe de Gobierno llegaran a las cercanías del edificio legislativo. Las calles aledañas al palacio de Donceles, en cambio, fueron cubiertas por organizaciones sociales que no podían ocultar su entusiasmo ante la gestión de Ebrard.
La delegada de Miguel Hidalgo, Gabriela Cuevas, sería tachada de prostituta. El ex secretario de Gobernación, Carlos Abascal, recibiría un baño de agua. La presidenta del PAN local, Mariana Gómez del Campo, fue sometida a una andanada de mentadas de madre tan escandalosa, que tuvo que subir corriendo las escalinatas de la Asamblea. Con el mismo estruendo, las organizaciones ovacionaban, en tanto, a los perredistas Martí Bartres, Leonel Cota Montaño y Javier González Garza.
La llegada de Marcelo Ebrard al recinto demostró que el ritual del Informe es una de las cosas que, probablemente, más emocionan al pueblo mexicano. Nada parecía capaz de detener la apoteosis.
A las 10:20 de la mañana, el diputado perredista Mauricio Toledo se molestó porque el personal al mando de Lorenzo Fernández no le permitió el acceso a la calle de Donceles con la rapidez que su fuero demandaba. Se hizo de palabras con el director del Centro Histórico, Lorenzo Fernández, al que tachó de “corrupto”.
El oficial reaccionó, impidiendo “definitivamente” el paso al diputado. Éste amenazó “con hacer un desmadre ante los medios” y advirtió que no se movería de ahí hasta que el secretario de Seguridad Pública, Joel Ortega, le llamara para pedirle una disculpa.
A las 10:25, Joel Ortega le llamó.
El diputado Toledo le pidió la renuncia del jefe policiaco, o de lo contrario, dijo, denunciaría en la tribuna que lo habían amenazado de muerte. “Le recuerdo que yo sí soy de izquierda, secretario. Yo no vengo del PRI”, dijo Toledo. Al minuto siguiente, lo dejaron pasar.
Marcelo Ebrard felicitaba a los legisladores por el nuevo formato del Informe, que convertía la desgastada ceremonia “en un diálogo, en una deliberación”.
Con todo, se le ovacionaba tanto —algunos perredistas, al más viejo estilo, se ponían de pie entre frase y frase—, que el diputado priísta Jorge Schiaffino solicitó, al tomar la palabra, y en vista de tener los minutos contados, que a él le aplaudieran menos.
—Gracias por hacerse cargo de la sección de humor, diputado —le reviró Ebrard más tarde.
Los representantes de las fracciones reconocieron el avance en las libertades individuales con que inicia la gestión del nuevo jefe de gobierno (la ley de sociedades en convivencia y la despenalización del aborto), para luego centrar el debate en las carencias de la infraestructura hidráulica y la construcción de la Torre del Bicentenario.
Ebrard rechazó una a una las críticas, pero se dijo dispuesto a dialogar.
“Aprendió a gobernar así cuando Camacho y Salinas eran sus jefes”, le espetó Jorge Díaz Cuervo, de la Coalición Socialdemócrata.
Tras cinco horas de jaloneo, se escuchó el Himno Nacional. Frente a la Asamblea, el mismo pueblo que por la mañana lo había recibido, despidió al jefe de Gobierno en medio de vítores. Otra arista del nuevo formato de un viejo ritual.