El llanto de un bebé, como una estridente sirena abierta, acompaña a un grupo adverso al aborto, que quiere llegar a la Asamblea Legislativa, la cual amaneció con un resguardo casi antiterrorista.Dicha gente partió de la Catedral Metropolitana, donde Jorge Serrano Limón ha permanecido en oración, como rehén de su fe, lejos, sin embargo, de la brava audiencia a favor del aborto, que ya tiene posiciones en la esquina de Tacuba y Allende.
Hay pobres en los dos bandos. Y al centro, de amortiguador, otros pobres, vestidos de azul, con escudos antimotines y cascos protectores, los granaderos que se van a reír del "debate" callejero de cinco horas.
A las 11 horas inició la sesión en el histórico recinto legislativo de Donceles, cuyas escalinatas están desiertas. Las pasiones toparon a una cuadra de distancia con vallas metálicas y con hasta tres filas de granaderos, más los refuerzos emplazados en las cercanías del lugar.
Ya ni modo de abortar el operativo de seguridad, que llega hasta la Alameda, donde hay día de campo. El número de quienes repudian el aborto y quienes lo aplauden, menos de 500 en total, próximos a la Asamblea, no merece ni un dejo de preocupación policiaca.
Dentro del dispositivo de seguridad quedó el Senado de la República. Los legisladores Gustavo Madero, Blanca Judith Díaz Delgado (PAN) y Manuel Velasco y Arturo Escobar (PVEM), en el salón del pleno se envuelven en camisetas con la leyenda: "Si a la mujer, sí a la vida".
En la calle, los granaderos matan el tiempo con la discusión esporádica del tema; fuman, hablan por celular, reprimen reírse de los insultos que se lanzan ambas partes. Los jefes relevan fuerzas y envían a la bocacalle de la confrontación a un destacamento de jóvenes que aprenden aún a formarse en fila.
Cuando los asambleístas abren el debate en lo general, en la esquina de la confrontación, los que esperan la reforma saltan de júbilo y claman por el castigo eclesiástico merecido:
-¡Excomunión! ¡Excomunión!- Gritan alegres, saltan ligeros. La media mañana es suya. Sólo les falta abrazar a los granaderos que están entre ellos y los antiabortistas.
-¡Asesinos! ¡Asesinos!
La rabia lastima las gargantas de mujeres que han traído cartulinas con diversos mensajes, que apuntan: "¡Vida sí, aborto no!" Manotean, señalan en ademán acusador a los adversarios del otro lado de la calle.
-¡Cállate, pinche mugroso!-, dicen del lado antiaborto.
-¡Acarreados, hijos de p!-, responden, mientras en las trincheras se trazan mensajes de ataque mutuo en nuevas cartulinas.
"Yo quiero ser excomulgado", retan. Y el acuse de recibo enuncia: "Si andas caliente, usa anticonceptivos". Una formación de cuatro embarazadas, se dejan retratar por los periodistas locales y extranjeros (el asunto fue casi para corresponsales de guerra), con letreros dicen: "Soy madre soltera; no necesito matar a mis hijos".
Un darketo en una cartulina proclama su apoyo al "aborto libre", y enfrente silenciosos niños y niñas levantan papeles de reproche. Y los 20 que cargaban féretros blancos de medio metro de largo empiezan a irse. El movimiento lésbico-gay, clama por su excomunión; dos adolescentes muestran su demanda: "anticonceptivos para no abortar".
-¡Quiere llorar! ¡Quiere llorar!-, aguijonean los abortistas que no pueden evitar su coro estelar: "Es un honor estar con Obrador". Con el correr de las horas los grupos se dispersan. "No se vayan", suplican los que flagelan a los antiabortistas:
-¡Tanga, tanga!-, festinan en burla al líder de Pro-Vida. Alguien usa de gorra una pantaleta: "Se la quité a su vieja de Limón." El triunfo nutre las puntadas. A coro y con un ademán significativo, los proabortistas saludan a los otros: "¡hueeevos!". Una y otra vez: "hueeevos".
-¡Matabebés!-, les responden con el dolor de la derrota que pide su revancha.