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"Escuchamos un ruido como de temblor"

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Sara Pantoja
El Universal
Sábado 26 de agosto de 2006

Eran las dos de la madrugada con 30 minutos. Don Secundino barría el agua de lluvia que se filtraba por su techo de lámina. No se daba por vencido ante la furia del aguacero ni los relámpagos. De pronto, escuchó un sonido como de un derrumbe.

"¡Vente, Preciosa, vente!", le gritó a su perra pintita. Pero no pudo hacer más: su mascota se fue entre las piedras y tabiques de la barda que se cayó de su casa.

En el hogar de atrás, María de Lourdes Cortés dormía tranquila hasta que un ruido "como de un temblor" la levantó en segundos. Corrió a donde estaban sus hijos y los despertó. La puerta atrancada por el golpe les retrasó la salida.

Cuando la libraron y pudieron salir, vieron cómo la misma barda echó abajo también la suya y destruyó su jardín.

Ambos son habitantes de la colonia Estación de delegación Tláhuac. Ellos, como decenas de familias, viven así, estacionados en zonas irregulares donde el drenaje sólo existe de nombre. Donde las calles de pendientes prolongadas y los pozos tapados obligan al agua a buscar caprichosamente sus propios cauces.

Llevan años esperando que las autoridades de la delegación les ayuden para evitar que las aguas se lleven sus muebles, sus bardas, sus casas y hasta sus historias.

Esta fue la primera vez en muchos años que las lluvias subieron hasta un metro de altura, que tiraron bardas y hoy amenazan con echar abajo muchas más. Los que más tienen construyeron muros de concreto de hasta 60 centímetros en sus puertas para frenar el agua. A otros sólo les alcanzó para costales de tierra. Los menos -y más pobres- pusieron tablas detenidas con tabiques.

La perrita que murió con el derrumbe en la casa de Secundino Tranquilino Bocanegra Montes no es lo único que los problemas de lluvia le han arrebatado.

"A mi esposa me la recogió Dios hace un año, cuando la mujer del vecino nos vino a amenazar con una pistola. Ella se espantó tanto que se me fue".

El problema comenzó cuando dicho vecino hizo un hoyo en su pared -más alta que la de al lado- para dejar correr el agua de lluvia. Y funcionó, aunque ésta se iba directamente al techo de lámina de don Secundino. "Esas son porquerías, no soy gato para que me tengan viviendo así", contó. Según su testimonio, ya ha puesto tres demandas en contra del vecino, pero éste nunca se ha presentado.

Tiene 78 años y hace más de 20 que vive en esa zona irregular y muy austera. Está solo. Sus hijos crecieron y se fueron; sólo una va a visitarlo cada 15 días.

 
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