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Costoso adornar y arreglar una tumba el Día de Muertos


Sábado 03 de noviembre de 2001 Alberto Cuenca | El Universal

Doña Margarita calcula que habrá gastado más de 200 pesos por visitar, arreglar y dejar flores en la sepultura de su progenitora.

Uno de los mayores gastos, unos 80 pesos, lo hizo en flores, de cempasúchil, nube y mota de obispo.

Dio 100 pesos al sepulturero que cuida la cripta; además del transporte para llegar aquí, al Panteón de Dolores. Pagó también por el almuerzo, una vez que salió del cementerio.

Hecho el cálculo, sí, por visitar el panteón en Día de Muertos gastó más de 200 pesos, aunque la cifra aumenta si se contrata a un grupo norteño para que interprete la canción preferida del difunto.

Algunos aquí pagan porque un muchacho limpie, pinte o lleve agua a la cripta.

En algunas sepulturas no sólo hay flores.

En el Panteón de Dolores una sección del cementerio se ha dedicado a los infantes; cercano al acceso que da a la avenida Constituyentes proliferan las pequeñas sepulturas.

Ahí está la de Rebeca, una bebé a la que sus papas dedican una tumba cubierta de calaveritas de papel y una ofrenda con juguetes, un biberón, un oso de peluche.

Aquí está la bebé y su recuerdo en una foto, y junto a ella un mensaje donde se lee: "Hola, soy Rebe y te voy a pedir un favor, que no te lleves mis cosas, porque las pusieron mis papis".

La escena enternece a más de uno de quienes pasan por ahí, por entre tumbas, inciensos y flores que se convierten en reunión familiar, de compadres que echan trago en recuerdo del que se fue, de niños que se corretean entre criptas, jarrones e imágenes de Cristo.

Antes del medio día el Panteón de Dolores está lleno de vida; la muchedumbre va y viene, busca el agua para sus flores allá en las pipas que no se dan abasto para cubrir la demanda.

La escena se repite en el Panteón de Tarango, en la delegación Álvaro Obregón. Aquí, los habitantes de la ciudad perdida, asentada al pie de la barranca y aledaña al cementerio, tienen este día una fuente de trabajo segura.

Entre el 1 y 2 de noviembre se dedican a acarrear agua y limpiar tumbas, por 20 pesos. Hay mujeres y niños, sudorosos, cansados, que se esfuerzan por llevar los cubos y el azadón.

La vendimia predomina. Hay de todo, desde chicharrones y quesadillas hasta jarritos de barro con refresco y tequila.

El cempasúchil está a 15 pesos el manojo, qué diferencia con el Panteón Francés donde el ramo se vende a 25 pesos.

¿La diferencia en el precio?, radica en la gente, el ambiente, "en la calidad de la flor", asegura el comerciante.

Cada panteón tiene su vida, su ánimo, su vibra. En el Francés no hay nada de lo que predomina en el de Dolores o el Tarango.

En el Francés faltan las coloridas flores que saturan la mirada; para este cementerio, de carácter privado, lo que si prevalece es mucho abandono y deterioro.

Destaca aquí una advertencia: "Tenga cuidado, porque aquí hay mucho asalto, no ve que aquí al lado tenemos la colonia Buenos Aires", dice una visitante antes de partir presurosa.



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