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Solidaridad y rapiña: signos del sismo del 85

Alejandro Suverza| El Universal
Lunes 20 de septiembre de 2010
Solidaridad y rapiña: signos del sismo del 85

DESESPERANZA. La mañana del 19 de septiembre de 1985, vecinos de Tlatelolco intentaron rescatar a sus familiares atrapados en los escombros del edificio Nuevo León, algunos casos sin resultados favorables. (Foto: )

Quienes recuerdan la tragedia hablan de negligencia y de que se ocultaron cifras

Minutos después de las 07:19 horas de aquel 19 de septiembre de 1985, los jardineros de la unidad Nonoalco—Tlaltelolco recibieron la orden de acudir inmediatamente al edificio Nuevo León. Llegaron con palas y picos. Un módulo había desaparecido completamente, el otro había quedado desecho como si fuera un pastel. Los jardineros eran los primeros en rescatar vidas y cadáveres. Los vecinos comenzaban a treparse a los escombros, se turnaban para quitar piedras, se arriesgaban filtrándose entre los huecos. Otros arrojaban pinzas, cubetas, mangueras y trapos desde las ventanas de los edificios.

No muy lejos de ahí, la Mansión, una vecindad de la colonia Guerrero, yacía desplomada con decenas de familias aplastadas. Un Conalep de la calle de Humbolt, en el centro, se había desplomado con cientos de estudiantes. El hotel Regis estaba en llamas, luego cayó con todo y huéspedes y trabajadores.

La tierra se había tragado al edificio del restaurante Superleche y a sus vecinos en el eje vial Lázaro Cárdenas. La Procuraduría General de Justicia de Justicia del Distrito Federal se había sumido completamente con todo y peritos, policías judiciales y detenidos. La escuela “Héroes de Chapultepec” se había venido abajo con cientos de estudiantes de secundaria. La Residencia y el edificio de Gineco-Obstetricia del Hospital General se habían derrumbado junto con médicos, enfermeras, pacientes y recién nacidos. Los edificios A y C de los Multifamiliares Juárez ya no estaban en su sitio; cientos de sus moradores estaban bajo los escombros.

Por toda la ciudad había enjambres de varillas, estructuras metálicas y bloques de cemento. Miles de personas caminaban semidesnudas, llenas de polvo, heridas, ensangrentadas. Las calles tenían olas de cemento. Se escuchaban sirenas de ambulancia y de bomberos. Olía a gas, no había luz en muchos sectores, ni tampoco transmisión televisiva que explicara lo que ocurría. Decenas de sobrevivientes —que no se dieron cuenta de que sus edificios se habían caído por el terremoto y que tuvieron la suerte de salir pronto de los escombros— creyeron que la ciudad había sido bombardeada.

Una llamada de la Dirección Federal de Seguridad entró al teléfono rojo del entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, quien a su vez informaba al presidente Miguel de la Madrid sobre la magnitud de la tragedia.

Bartlett dice que ese día el gobierno federal utilizó todos los recursos a su disposición. “Es totalmente falso que el gobierno no actuó con rapidez”. El ex senador del PRI señala que en cualquier desgracia siempre queda un sentimiento en la gente de que su gobierno no hizo lo que tenía que hacer.

Conforme pasaban las horas, los muertos eran acarreados en camiones del Ejército y de la policía, al mayor anfiteatro que ha tenido la ciudad en su historia: el parque de beisbol del Seguro Social. La tragedia mostraba su tamaño. Había asombro, caos, tristeza, llanto, solidaridad, desorden, robos y pillajes, impotencia, rabia, enojo y mucho dolor.

Los sobrevivientes recuerdan hoy las anomalías apaciguadas por el terror del momento. María Elena Buendía menciona que en días anteriores al terremoto le había dicho al subdelegado de la Cuauhtémoc que quitara la barda construida en el Nuevo León, un edificio al que se le hacían reparaciones desde dos años atrás porque se estaba hundiendo. Cuando lo tuvo enfrente le recordó la advertencia. María Elena, que había perdido a sus tres hijos y su trabajadora doméstica bajo los escombros de ese edificio, dice que el funcionario lloró junto con ella. “No nos hicieron caso”, dice hoy. Su esposo, Humberto Sánchez —quien al lado del tenor Plácido Domingo colaboró día y noche en las labores de rescate— recuerda que todo era confusión, que no había coordinación a pesar de haber gente de Gobernación. “Todas los papeles, todas las joyas y dinero de los muertos fueron puestos en cubetas que después fueron llevadas al Campo Militar Número 1. Cuando nos mandaron llamar a la Secretaría de la Defensa para recuperar las pertenencias, ellos tenían bolsas con joyería de fantasía y yo les dije que eso no era lo que les habíamos entregado”.

José Múzquiz, que perdió a su hermana y su sobrina en el Nuevo León, dice que, aparte del dolor, el terremoto le dejó sentimientos encontrados: por un lado agradecimiento a todas las personas que le ayudaron mientras intentaba recuperar los cuerpos de su hermana y sobrina, y gran impotencia por los actos de vandalismo de los que fue testigo.

En aquellos días se hablaba de la gran solidaridad del pueblo México, pero se escondía la otra parte detrás de cámaras. La de la negligencia en los edificios Nuevo León y el Hospital Juárez, la de los robos por parte del Ejército, la policía y la sociedad. La de ocultar el número exacto de víctimas que hasta la fecha sigue sin resolverse. Bartlett dice que el gobierno no tenía por qué ocultar el número. Y que el robo y saqueo ocurre en todas las tragedias del mundo. Pero reconoce que fue difícil y que la tragedia se impone.

El especialista en medicina de catástrofe, Luis Arturo Chávez —protagonista principal en el rescate de los niños milagro del Hospital General—, asegura que tan sólo en dos hospitales hubo más de 700 muertos.

Oficialmente se habla de seis mil víctimas, extraoficialmente de más de 30 mil. Se decía que el presidente Miguel de la Madrid, además de reaccionar tardíamente a la ayuda internacional, trató de minimizar la desgracia e incluso hubo censura sobre el número de muertos. Bartlett, su entonces secretario de Gobernación, asegura que era innecesario esconder las cifras. “Esconderlas de qué o para quién”, dice.

Muchos edificios fueron derrumbados por el terremoto, pero hubo otros en los que el movimiento sólo ayudó a que se cayeran. El difunto Heberto Castillo documentó las anomalías cuando en los momentos después del terremoto visitó el edificio Nuevo León juntó con otros diputados. “Los tlatelolcas están indignados. Clamaron en vano porque se reparara el edificio Nuevo León”, escribía en una nota publicada en la revista Proceso. Los vecinos culpaban al Fonhapo y a Banobras porque decían que la tragedia pudo evitarse si se hubieran tomado las medidas necesarias.

Lo mismo ocurrió con el Hospital Juárez, donde los trabajadores advirtieron que el edificio de 12 pisos había quedado en malas condiciones desde el sismo de 1980. Se realizó un peritaje y después del dictamen se recomendó desalojar el edificio, pero nunca se llevó a cabo. Cuando el Nuevo León se estaba hundiendo los vecinos fueron desalojados, pero luego regresaron a sus hogares. Ambos edificios se derrumbaron. EL UNIVERSAL buscó con anticipación al 25 aniversario del terremoto al entonces regente Ramón Aguirre Velásquez, pero dijo que no podía dar entrevista porque estaba fuera de la ciudad y después lo estaría del país. Tampoco el ahora contralor del Gobierno del DF Ricardo García Sainz —que en ese entonces era el director del IMSS— accedió porque su equipo cercano dijo que tenía la agenda muy ocupada.

La mayoría de la gente que describió las imágenes que dejó el terremoto en toda la ciudad coincide en que sí hubo solidaridad, pero también abusos y robos tanto de autoridades como de la sociedad en general. Todos dicen que era lo de menos ante la pérdida de familiares. Un año después, el Mundial de Futbol haría que todo, excepto la tragedia de víctimas, se olvidara más rápido.

 

 



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