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Corrupción en el AICM facilita trata

Óscar Balderas| El Universal
04:00Lunes 23 de septiembre de 2013

DECLARACIÓN. "Me dicen que sólo bailes, no sexo, no drogas. Pero lo primero que te ofrecen es sexo y drogas. Si no quieres, te obligan o no te pagan los boletos" Victoria, víctima de trata. (Foto: ESPECIAL )

Agentes de Migración, empleados de aerolíneas y policías federales forman parte de una red de trata que opera en el aeropuerto de la ciudad de México, de acuerdo con organizaciones civiles y estudiosos del tema

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Las colombianas Pamela y Victoria aterrizaron en el país y, sin ser revisadas en la aduana, fueron llevadas con engaños a trabajar en un table dance VIP. Lograron escapar y ahora cuentan cómo opera la red de explotación sexual que contrata bailarinas extranjeras.

Organizaciones civiles y estudiosos del tema denuncian que agentes de migración, empleados de aerolíneas y policías federales están coludidos en la trata de personas. “Se metieron hasta la cocina. Están infiltradísimos en el aeropuerto”, asegura Mario Luis Fuentes, director del Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social (CEIDAS).

Pamela sabe que si no hace algo extraordinario en 10 minutos se convertirá en esclava sexual. Mientras el reloj hace cuenta regresiva, el corazón palpita con tal fuerza que parece que saldrá de su pecho. Da la última bocanada al cigarro que sostiene con las manos sudadas y, dentro de aquel camerino, piensa que a sus 20 años la vida está a punto de joderse para siempre.

“¡Vas Pamela!”, grita alguien y ella se levanta apoyándose en sus piernas temblorosas. Inmediatamente un hombre se coloca a su lado, abre la puerta del vestidor y le muestra un pasillo que conduce al elevador que la llevará a una pista de baile, donde deberá contonearse mientras se quita la ropa para que un cliente del Solid Gold, en la Zona Rosa de la Ciudad de México, la elija para tener relaciones sexuales a cambio de unos billetes.

Avanza callada y con la mirada al frente. Busca una ventana o una puerta por dónde escapar, pero no hay por dónde. Y justo cuando la resignación va a invadirla, nota que hay un pequeño espacio entre el piso y el ascensor. Ahí está la solución: meter el pie, girarlo hasta fracturarlo y no poder bailar.

Antes de intentarlo, Pamela repasa las razones por las que está a punto de romperse voluntariamente un hueso: hace dos meses estaba en una discoteca cerca de su casa, en Colombia, donde un hombre halagó sus movimientos y la invitó a trabajar a México como bailarina en el aniversario de un club privado. No sabía que, en realidad, le ofrecía ser prisionera.

La trampa

Aquel falso reclutador de talentos le dijo que en México se pagaban 600 mil pesos colombianos (300 dólares americanos) por una coreografía de tres canciones, que durante el tiempo de trabajo estaría hospedada en una linda habitación y que al terminar el contrato volvería a casa con cerca de mil dólares por cada noche de trabajo. Con esa oferta, aceptó.

Antes de llegar al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), Pamela se aseguró que su chaqueta fuera indudablemente negra, un requisito que le impusieron para que un supuesto empleado de la compañía de bailes la identificara. Cuando se vieron, él sonrió y con voz firme le dijo que estaban felices de trabajar con ella.

Se subieron a una camioneta, que él condujo hasta Estocolmo 14, en la colonia Juárez, donde nada era como le habían ofrecido: en lugar de un piso repleto de amenidades, debía compartirlo con cerca de 30 mujeres de distintas nacionalidades, algunas de ellas explotadas sexualmente.

Descansó un poco en esa casa y ese mismo día la llevaron a conocer el Solid Gold. Ahí vio la pista, el tubo, las cabinas donde se tiene sexo con los clientes y la poca ropa de los camerinos de este prostíbulo disfrazado de table dance, a más de 2 mil 900 kilómetros de su casa.

Apenas lo entendió Pamela, un hombre de mirada dura y actitud amenazante la llevó al vestidor para “organizarla”, que en el lenguaje de la trata de personas significa cambiarle la ropa, peinarla y maquillarla para el escenario. “¡Vas Pamela!”, fue la señal para su striptease forzado.

Por esto está aterrada y si quiere evitar bailar en el infierno, tiene que hacer algo desesperado, fuera de lo normal. Respira. Junta valor, piensa en ese hombre que le quitó sus documentos migratorios en el aeropuerto y la llevó hasta esa antesala de la esclavitud y con rabia mete el pie en ese espacio del elevador, a 10 minutos de empezar su primer show.

Cadena de corrupción

Cuando pregunto al director del CEIDAS Mario Luis Fuentes qué tan infiltradas están las bandas de trata de personas en las dos terminales del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, responde rápido: “infiltradísimos”.

“Se metieron hasta la cocina. Están infiltradísimos”, completa Fuentes, especialista en tráficos ilegales, y asegura que el crimen organizado corrompe en tres niveles: empleados de las aerolíneas, policía federal y agentes del Instituto Nacional de Migración.

Sobre las aerolíneas, Fuentes conoce cómo operan: desde el momento que la potencial víctima llega al mostrador de la aerolínea en su país de origen, un empleado le asigna un lugar aislado en el avión junto a su captor, o donde puede ser vigilada constantemente por otros trabajadores de la empresa que forman parte de la nómina de los tratantes. Cuando llega a México, los trabajadores saben cómo evitar que pase por la Zona de Control Migratorio para que llegue hasta la puerta de salida de la terminal sin que conste un registro.

“Es un proceso articulado. Por eso, obviamente, necesariamente hay colusión de muchas partes. También (autoridades) públicas y privadas (…). Saliendo del filtro de migración, de inmediato hay una persona que está con un vehículo y se la lleva. Es una estructura.

“(Las víctimas) son preseleccionadas, con una enorme definición de cuál es el tipo de ‘mercado’ y cliente. Son traídos con esta ‘inversión criminal’ que hace una red para traer un ‘producto’ —la persona se vuelve mercancía— y ya está definido el lugar de ‘consumo’. Tenemos un gran problema de impunidad”, comenta el experto.

Teresa Ulloa, directora regional de la Coalición Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas para América Latina y el Caribe, tiene su propia historia relacionada con el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y la trata.

En agosto pasado, Ulloa logró que un juez le permitiera viajar junto con dos niñas —una de 7 y otra de 9 años— desde el Distrito Federal hasta Nueva York, Estados Unidos, para reunirlas con su madre, víctima de trata. Sorprendentemente para la activista, nadie le pidió documentos que aseguraran que no se trataba de un secuestro.

“Pude pasar sin ningún problema y sin que me requirieran ningún papel, aunque yo llevaba el acuerdo del juez que me mandataba entregar a las niñas a su mamá (…) Uno no pasa por Migración. Eso me preocupó mucho”, cuenta la especialista.

A partir de esa anécdota, Ulloa recordó que hasta hace unos meses, en el sexenio de Felipe Calderón, la Dirección General de Regulación Migratoria del aeropuerto capitalino estaba infiltrada por Tonatiuh García Castillo, un funcionario que vendía entradas al país a grupos delictivos, hasta que fue destituido.

“Lo que sé es que expedía las visas, pero legales”, comenta Ulloa sobre ese ex funcionario, a quien distintas organizaciones han señalado como operador del crimen organizado en el aeropuerto entre 2008 y 2011.

Estas irregularidades están documentadas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, donde hay 3 mil quejas relacionadas con asuntos migratorios, según el Quinto Visitador Fernando Batista.

“En cifras, podría decir que en materia de derechos humanos que se vulneran por parte de distintas autoridades en materia migratoria, en poco más del 50% de los casos la autoridad señalada es el Instituto Nacional de Migración (INM)”, comenta Batista, quien calcula el negocio mundial de la trata de personas en 32 mil millones de dólares.

“No dudaría que haya agentes de (Instituto Nacional de) Migración coludidos, como también policías federales. Tenemos que partir de que es una industria de muchos miles de millones de dólares, que tiene la capacidad de corromper a todos los niveles, de comprar conciencias, hacer alianzas con los más altos niveles del poder político y del poder económico”, afirma Ulloa.

“Por favor, llame a la policía”

Pamela es una chica muy atractiva. Cabello negro, lacio y largo bien cuidado, tez tersa, nariz recta, ojos azabache y un cuerpo alto, esbelto y curvilíneo, como el de las colombianas que salen en las portadas de revistas de moda.

Con los ojos muy abiertos cuenta que cuando escuchó ese crack, pensó que había logrado fracturarse el tobillo y que, irónicamente, ese intenso dolor le podría ahorrar una larga tortura como esclava sexual.

“Meto el pie, lo tuerzo, como que se me hace así (imita con la mano un pie doblado 180 grados) y me regreso al camerino. No me querían llevar con el médico. Me vendan, me acuestan, yo tenía mucho dolor. Me dicen que no debo trabajar, que me van a llevar a la casa. Allá manifesté que me seguía doliendo mucho el pie y que necesitaba ir, como fuera, a un médico. Decidieron llevarme a una clínica privada”, recuerda.

Dos hombres, quienes tenían la misión de custodiarla y asegurarse que no hablara con nadie, se hicieron pasar por sus amigos para acompañarla en todo momento en el hospital. Su misión era impedir que dijera que estaba secuestrada y no se separaron de ella hasta que el médico ordenó que la dejaran sola para hacerle unas radiografías.

“Yo estaba en la silla de ruedas, el médico estaba al frente y yo le di a entender, en voz baja, que me ayudara. Él pensaba que me estaba doliendo mucho el tobillo y cuando me llevan a Rayos X es que le cuento todo y le pido que por favor llame a la policía.

“Estaba impresionado. Llamó de inmediato a la policía (…). Las personas fueron detenidas”, cuenta Pamela, aún con una férula rígida en el tobillo. “Dios mío, tuve tanta suerte…”, gimotea aliviada, a unas horas de volver a Colombia con la peor experiencia de su vida en la maleta.

Mientras trata de mantener la compostura, Victoria la escucha atenta y con un notorio temblor en sus manos. Ella también es colombiana y víctima de trata.

Tres meses de esclavitud

La señal era una pañoleta roja. Quien llegara esa tarde de abril de 2013 al AICM, procedente de Colombia, con una prenda roja sobre la cabeza debía recibir un “trato especial”.

Los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) que la esperaban no sabían que se llama Victoria y que fue traída al país por una integrante de una banda de trata de personas, quien le prometió inscribirla a una agencia de modelos que contrata bailarinas y les ofrece trabajo en falsos clubes exclusivos de México, Europa y África.

No sabían que estaba emocionada por trabajar en el extranjero, por ganar más dinero para su familia y que en el correo que le habían mandado desde la dirección modelosprofesionales@hotmail.com había instrucciones precisas para que su ingreso al país se hiciera en un día específico que se planea con semanas de anticipación.

“Me dijeron que yo era muy linda, pero me tenía que venir como la más fea. Y con algo rojo, una pañoleta roja”, recuerda.

No sabían algo sobre ella, porque para ellos es un signo de pesos. Una mujer-mercancía que en cuanto identificaron la movieron por toda la zona migratoria para que nadie pudiera registrar que se encontraba en el país.

Luego empezó el infierno: el modelaje era en realidad trabajo sexual en tres antros —Solid Gold San Ángel, Solid Gold Zona Rosa y Butchers Santa Fe—, donde se trabajaba sin celulares, sin propinas y entregando la mayor parte de las ganancias por el sexoservicio a los dueños y socios del lugar.

La obligaron a vivir en el mismo edificio que ocupó Pamela en la Zona Rosa, donde se les impedía hablar con otras chicas, ver noticieros por la televisión y se les entregaban sobras de comida y droga para consumir o para vender a los clientes VIP del lugar.

“Me dicen que sólo bailes, no sexo, no drogas. Pero lo primero que te ofrecen es sexo y drogas”, afirma Victoria, también de 20 años. “Si no quieres, te obligan o no te pagan los boletos”.

Fueron tres meses de esclavitud, hasta que logró huir en un descuido de los guardias de seguridad de uno de los table dance. Vio una salida y corrió sin descansar. Sólo paró en tres sitios: primero, en la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas, donde ya hay una denuncia en curso; segundo, en la fundación Unidos Contra la Trata, que la ayudó a reponer sus documentos personales.

“Desgraciadamente, en la administración pasada hubo personas que no tuvieron este cuidado y que, además, se sentaron a platicar con los tratantes y hasta estuvieron dando visas de bailarinas. Ahora, tengo confianza en que Ardelio Vargas (nuevo responsable del Instituto Nacional de Migración) hará un trabajo distinto en el aeropuerto”, explica la presidenta de Unidos Contra la Trata, Rosi Orozco.

Finalmente, el tercer lugar donde paró Victoria fue el AICM, desde donde salió su avión de vuelta a Colombia. Esta vez, se aseguró de no usar ninguna pañoleta roja sobre su cabeza.



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